Rabino
Ierajmiel Barylka (Jerusalén)
Los
seres humanos amamos las cifras redondas del sistema numérico que usamos: el
sistema decimal.
10
es una buena calificación, también 100, depende de lo que se estile.
El
impacto sicológico no es el mismo cuando cumplimosr 40 años que en los
aniversarios 39 o 41…, por lo menos eso es lo que culturalmente nos hicieron
creer. Nadie se atrevería a escribir un libro sobre el síndrome de los 38 o 49
o los 24 años, simplemente por que no tendría lectores.
Los
números se usan para la mayor parte de los juegos de azar y las loterías tiene
por lo general niños cantores que ‘descubren el premio’ que es un número
redondo. No conozco lotería en el mundo que dé un premio de 4 millones cuatro
cientos veintidós.
En
el comercio, los sicólogos de las ventas saben que los clientes pagarán
felices 99 y no 100 por un producto cuyo valor es no mayor que 42,56.
Lo
mismo sucede con los años en los calendarios.
Cada
civilización diseñó formas distintas de guardar el tiempo. Ese fue un desafío
nada fácil ya que no siempre se contó con el conocimiento suficiente acerca de
los movimientos de la tierra alrededor del sol ni el de la luna alrededor del
globo terráqueo.
El
pueblo judío siguió a la luna para definir los meses y al sol para diferenciar
los años. Combinación simple y bastante perfecta.
Quien
tiene internalizado el calendario judío puede con solo mirar la luna (en las
ciudades donde aún se ve…) para saber si es neomenia (Rosh Jodesh)
cuando la luna es nueva, o si la luna llena indica ya que es la mitad del mes.
Es
suficiente mirar el cielo de nisán para saber si falta mucho para
limpiar totalmente la casa del jametz. La combinación lunar-solar evita
que el mismo mes acaezca a veces en verano y otras en invierno, como sucede con
el sagrado mes del Ramadán de los musulmanes que les obliga un ayuno tan largo
de día completo que puede ser de muchas o de pocas horas, la estación en la
que acaece.
La
mayoría de la civilización occidental usa el calendario diseñado por el papa
Gregorio que reemplazó el del papa Julio autor del que llevaba su nombre: el
calendario juliano.
Según
esa cuenta, el 1 de enero del año 2000, completaría 2000 años del brit milá,
la circuncisión de Jesús. No hay año 0, ni puede haberlo, por lo que 2000 es
el último año de un milenio y no el primero de uno nuevo al igual que 10
finaliza la decena y no inicia una. Es el 11 es que da comienzo a la cuenta de
la segunda decena.
Sin
embargo, la gente común cree que es el primero de enero del año 2000 el que
inicia la cuenta de otra decena, centena y milenio. Pocos días después los
cristianos ortodoxos comenzarán su propia cuenta y ese día no les dirá nada y
obviamente tampoco mas de un billón de creyentes islámicos descorchará
ninguna botella de champaña ni comerá doce uvas cuando suenen las campanadas y
el “mundo” reciba otro año. A lo mas que estarán dispuestas las
autoridades de la Autonomía palestina será a recibir a más turistas en los
sitios históricos del cristianismo y poder, a través de transmisiones en las
redes de la televisión mundial, a mostrar las innegables bellezas de sus
ciudades.
Dada la forma de contar las fechas del calendario gregoriano tiene una base religiosa, es importante para quienes tienen esa fe, pero carece totalmente de significado para quienes no participan de esa creencia.
Rosh Hashaná, es absolutamente intranscendente para el mundo cristiano, pese a que muchos judíos tienen la certeza que en ese día se juzga a toda la humanidad y que en él sucedieron hechos fundamentales para todos los seres humanos.
Excepto
la remota posibilidad que ciertas computadoras tengan dificultades no atendidas
todavía, cuando sus cerebros lean los dos ceros del año comercial, el así
llamado bug 2000, y que algunas
personas con trastornos cerebrales realicen acciones impensadas, pocas son las
probabilidades que la fecha tenga ninguna consecuencia sobre la naturaleza, tan
sabia en la lectura de todas las señales, o sobre la gente.
Las
personas son temerosas por naturaleza y buscan leer símbolos para obtener
seguridad sicológica. Las notas amarillas de los períodos y los declarados
intereses económicos que dirigen los programas televisivos han creado una
histeria en personas carentes de seguridad
que puede ser peligrosa.
El
año 2000 no es distinto ni será distinto para bien y para mal que 1999 o que
1931 o que 456 o el 2369, para los ciudadanos de todas las religiones.
La
división de la historia en milenios o en siglos es una manera cómoda para
referencias históricas, práctica, pero simultáneamente simplista. Para la
mayoría de los mortales no significa absolutamente nada.
Los
judíos, que viven en sociedades con valores culturales occidentales, están
sometidos a los mensajes publicitarios junto a las mayorías, pero deben
aprender a comprender el significado exacto de los mismos. Para nosotros no
comienza un año nuevo en esa fecha ni la misma tiene ningún significado.
El
judaísmo tiene cuatro principios de año según el Talmud y en pocas semanas
mas festejaremos el año nuevo de los árboles, Tu Bishvat. No hemos solemnizado
años nuevos, ni ponemos el acento en cifras redondas, aunque nuestra vida se
rige por el Tiempo, por Shabat que reina en los tiempos y por los jaguim y los
zemanim.
Dejemos
festejar sus fiestas a las naciones sin renunciar a nuestra unicidad. No
permitamos nos arrastren a tradiciones ajenas y a la supuesta magia y encanto de
números que no tienen significados trascendentes para nuestra existencia ni
para nuestra conciencia.
“Lo
que ha sido es lo que será, y lo que ha sido hecho es lo que se hará. Y no hay
nada nuevo bajo el sol”, dijo Kohelet y continuó: …“para cada cosa hay
una sazón oportuna y un tiempo apropiado para cada propósito bajo el cielo”,
siguiéndolo podríamos expresar: - para cada nación hay un tiempo apropiado
para sus propósitos y su cultura, para nacer, curar, edificar, reír,
regocijarse, buscar, guardar, amar y de paz. Cuidemos el nuestro, porque en él
encontraremos nuestra propia identidad y dejemos que el otro se preocupe por la
de él.