El Doctor Janusz Korczak, un paradigma

 

           Empecemos por contar la historia de un maestro: Janusz Korczak, y sus niños, como un símbolo que condensa, en la historia, el tema de la crueldad humana.

 

           La historia tiene sus héroes, y sus héroes configuran la historia, y también, a lo largo del tiempo, pasan a constituir el eje de un mito de un pueblo, de una nación o de la humanidad entera.

 

           El Dr. Korczak (Henrik Goldsmit) nació en Varsovia, hijo de una familia acomodada, su padre abogado conocido. A continuación citaré una frase de él que ilustra lo que vengo diciendo:

 

           “Lo más fácil es morir por un ideal, con un punto final en una tumba de flores. Lo verdaderamente difícil es vivir con y para un ideal, día tras día, año tras año, una vida entera”.

 

           En este caso, ser un médico querido por sus enfermos, y morir respetado por todos no es tan difícil. Lo difícil fue vivir por un ideal, en este caso de Justicia (y de piedad), y mantenerlo incluso a costa de su vida, en bien de los niños.

Wasserstug escribió acerca de Janusz: “Para él, la niñez era el hombre mismo. El niño era la clave de todo lo humano y deseaba liberar al niño de la dictadura del adulto”.

 

           Él no tuvo hijos y albergó en una institución para niños pobres, los niños que consideró sus hijos: en el orfanato de la calle Kroshmalna Nª 92.

 

           Se lo describe así: “Yo lo he visto de cerca en su rol de padre y pedagogo. Lo he visto bañarlos y limpiarles los zapatos, compartí sus tristezas, sus inquietudes y sus alegrías. Su dolor por los niños enfermos, cuando en punta de pie vigilando de noche a los afiebrados; arreglando las frazadas y almohadones desordenados, en el inquieto sueño, como un ángel guardián”.

 

           Vino la guerra y esta historia terminó a partir de agosto de 1942, cuando el Doctor Korczak acompañó a sus doscientos niños a las cámaras de gas de Treblinka. No iba a dejar a los niños en la soledad de la muerte. Pasó por las calles de Varsovia con su delgada figura llevando de cada mano a uno de ellos, en formación de cuatro. Con el doctor a la cabeza “nada malo puede pasarles”. Así conjuraba el Mal y a la muerte misma.

 

           El Doctor Korczak se convirtió así en una leyenda, uno de los treinta y seis justos de su generación que, según el mito, con su piedad sostuvo la humanidad de los humanos, un santo frente a la maldad.

 

           Por de pronto pensemos en tamaña injusticia de este fin y este sufrimiento inexplicable, a los ojos de la razón y de la lógica; y terrible, doloroso, horroroso, a la luz de los sentimientos. Si el Destino, surge de la historia, la historia en este caso no basta para explicar lo sucedido.

 

           Cada  niño es un resumen de la historia familiar, a quien el grupo de pertenencia trata de darle los elementos para forjar un Yo que le permita adquirir libertad; libertad que es la estructura del destino personal. La educación y el ambiente adecuado son los elementos con los que cuenta la sociedad para con sus hijos.

La pérdida de valores hace que el futuro (apocalíptico) se piense como el triunfo del Mal en la vida. Es un destino fatal (en lo imaginario) ya que el yo queda preso, en manos de un superyó corrupto, así es el goce de la muerte en su relación sadomasoquista.

 

Pero por suerte algunos seres humanos encuentran en su superyó incorruptible y en su yo intocable por el Mal el camino de un ideal de bondad, de verdad, de justicia. Se constituye así un ideal imaginario con el triunfo del Bien y la esperanza en la redención de la especie. Evidentemente el Dr. Kozack es el representante magnífico de esta postura incorruptible.

 

El juicio sobre la existencia y el juicio de atribución determinan un mundo lógico en el cual vivimos. Pero genera el misterio de lo que no abarca nuestra razón, el misterio que pertenece a la fe, a la creencia en un sistema regido por un Dios único. Ello se ejerce a partir de un yo, de un sujeto que se pregunta sobre el mundo y sobre sí mismo, su lugar en este mundo que lo rodea.

 

Hay entonces un conocimiento y un desconocimiento, una lógica racional, deductiva, y una x, que se instaura más allá de la razón y que aparece atrás de la revelación.