| PERASHA
DEBARIM: "El sentido del ayuno" Nos encontramos a pocos días de un nuevo aniversario de la fecha más
trágica de la historia judía: el nueve de Ab, en donde
acontecieron sucesos tales como la destrucción del primer y segundo
Bet Hamikdash, se decretó sobre la generación del desierto
que no ingresaría a la tierra de Israel, se produjo la caída
de la ciudad de Betar en donde murieron miles de Iehudim, se decretó
la expulsión de los judíos de España, entre tantos
otros tristes acontecimientos de la historia de nuestro pueblo. Es normal
escuchar y observar cómo las naciones del mundo celebran sus fechas
gloriosas: victorias en guerras o aniversarios de la independencia.
Desfiles militares, las banderas en lo alto, feriados nacionales y
reuniones protocolares en los lugares más importantes de cada nación,
son algunas de las maneras más tradicionales para celebrar estos
festejos. Pero ¿quién escuchó que alguna nación
recuerde un día trágico en donde se perdió una guerra
o se soportó un terrible sufrimiento o más aún en
donde el pueblo fue al exilio? Por el contrario, estos hechos tratan
de ser borrados de los libros de historia de esas naciones para no dejar
recuerdo alguno de sucesos tan desagradables. El pueblo judío
tiene otra óptica. A lo largo de casi dos mil años, un pueblo
desterrado por todos los confines del mundo, el día nueve de Ab
ayuna y se reúne en sus templos para recordar el colapso, la
derrota, el destierro y la destrucción de sus templos sagrados. Más aún, las leyes y
jurisprudencias relativas a esa fecha, comienzan con tres semanas de
anterioridad, en donde se suspenden casamientos y fiestas. Para disminuir
en alegrías, no se escucha música y las prohibiciones
aumentan hasta llegar a no comer carne ni afeitarse o cortarse el pelo en
los días previos al ayuno del nueve de Ab. Sólo el pueblo
judío que celebra sus festividades con amor recuerda sus fechas
aciagas, también con amor. ¿Cómo es posible? La
explicación es lógica. A diferencia de otras naciones que
celebran sus éxitos pensando que ellos mismos fueron los artífices
de la victoria por el poderío bélico y estrategia militar
perfecta utilizada, el pueblo de Israel observa en todos los sucesos la
mano de Hashem, como decimos en la Tefilá de todos los días:
"Tuya es Di-s la grandeza y el poderío, la gloria, la
eternidad y la magnificencia, porque todo lo que hay en los cielos y en la
tierra Tuyo es; Tuyo es el reino, Tú estás por encima de
todos los jefes; la riqueza y la gloria proviene de Ti y Tú dominas
todo; en Tu mano está la fuerza y el poder; en Tu mano está
el engrandecer y dar fuerza a todo". En una oportunidad en la que Napoleón había salido a
inspeccionar a su pueblo, los Iehudim recordaban tristemente la fecha del
9 de Ab. Al ver a los judíos sentados sobre el suelo, llorando y
recitando lamentaciones con velas en sus manos, Napoleón preguntó
a su ayudante cuál era el motivo de tanta angustia. Cuando le
explicaron que los judíos lloraban por un suceso que había
acontecido hace casi dos milenios, el comentario de Napoleón fue: "un
pueblo que llora por una destrucción tan antigua, con seguridad que
la construirá nuevamente". La fe del pueblo de Israel a lo
largo de las generaciones, es la garantía de la pronta reconstrucción.
Los mismos sufrimientos a lo largo de tantos años, son la señal
de la redención que tanto aguardamos. El Talmud al finalizar Makot
relata que luego de la destrucción del segundo Bet Hamikdash, los
Sabios vieron cómo un zorro salía del Kodesh Hakodashim en
ruinas y comenzaron a llorar. Ribi Akiba sin embargo sonrió. Todos
le preguntaron: "¿por qué ríes?", su respuesta
fue con otra pregunta: "¿por qué ustedes lloran?". Le
respondieron: "en el lugar sobre el que está escrito
"toda persona extraña que se acerque morirá" hemos
visto salir un zorro, ¡no quieres que lloremos!". "Por eso sonrío"
les respondió; "ya que el versículo une al profeta
Uria, que vivió en la época del primer Bet Hamikdash y que
había profetizado que Ierushalaim sería arrasado como un
campo que se ara, con el profeta Zejaria, que vivió en los días
del segundo templo y profetizó que ancianos y ancianas se sentarían
en las puertas de Ierushalaim". Les dijo Ribi Akiba: "me alegré
al ver que se cumplieron las palabras del profeta Uria, porque ello
significa que también se cumplirán las palabras del profeta
Zejariá". Los Sabios le respondieron: "Akiba, nos
consolaste; Akiba, nos consolaste". Al margen de lo que literalmente se entiende, Ribi Akiba les demostró
que para alegrarse de verdad es necesario llorar previamente y para que
Israel encuentre la redención era indispensable el destierro. Más
aún, si los sufrimientos son mayores en ese destierro, la salvación
se encontrará más cercana, porque el clamor del pueblo a
Hashem es superior en esas circunstancias. El pueblo judío se
compara a la paloma. Cuando Noaj envió a la paloma luego del
diluvio para saber si las aguas habían bajado su nivel, la Torá
atestigua en Bereshit 8: "Y no encontró la paloma reposo para
la planta de su pata y volvió a él hacia el arca". En
forma similar, si el pueblo judío hubiera encontrado tranquilidad
en el destierro, no habría retornado a Hashem nuestro Di-s y se
hubiese asimilado entre las naciones. Precisamente, los sufrimientos del
destierro y de la destrucción, el ser perseguidos sólo
porque somos el pueblo que Hashem bendijo, son la prueba más clara
de nuestra unión con el Todopoderoso. Por eso es que el nueve de
Ab recibe el nombre de "Moed" (fiesta), ya que en el
dolor profundo del sufrimiento está implícita la alegría
que nos aguarda. Sobre el versículo de Ejá 1: "¡Cómo ha quedado
solitaria la ciudad (Ierushalaim) que estaba llena de gente! ¡Cómo
se ha tornado como si fuera una mujer viuda!", los Jajamim nos enseñan
que se debe poner el acento en: "como una viuda" y no "una
viuda" realmente. Los Sabios lo comparan con una mujer que su marido
realizó una larga travesía, pero con idea de regresar hacia
ella. Hashem no cortó su relación con el pueblo de
Israel, su intención es posar su Shejiná sobre nosotros,
pero nuestros pecados han formado una barrera que lo impide. Es
cierto, los años de separación son muchos, pero debemos
saber que Hashem regresará junto a la salvación del pueblo. La
mujer recatada y correcta aguarda a su esposo a pesar del tiempo que
transcurra. Sólo una mala mujer se cansa de esperar a su marido
y lo abandona por algún nuevo cariño. También el
pueblo judío se encuentra en una prueba similar. Lamentablemente,
muchos hermanos no han podido soportar esa separación y cortaron el
pacto eterno que Di-s nos entregó asimilándose entre las
naciones. La prueba es difícil. Sufrimientos que no tienen una
fecha prevista de finalización como sucede con este destierro tan
amargo, son los más difíciles de superar. El Jafez Jaim
escribe en nombre del Gaon de Vilna, que los días del destierro
se comparan a un embarazo y la época del Mashiaj a los dolores del
parto. Si hay embarazo debe haber nacimiento, sólo que algunas
mujeres no pueden soportar ese proceso y abortan a sus criaturas. Nosotros
confiamos en que el nacimiento llegará y que el Mashiaj vendrá.
Debemos tener presente que mientras mayor sea el sufrimiento del
destierro, es una señal de que la salvación está más
cercana. El Talmud en Guitin 58 relata que Ribi Iehoshua ben Janania fue a una
ciudad de Roma y le informaron que un niño judío muy bello
estaba prisionero en la cárcel. El Rab se dirigió a la
puerta de la prisión y dijo la primera parte del versículo
de Ieshaia 42: "¿Quién dio a Iaacob por despojo y a Israel a
los saqueadores?". El niño respondió con la continuación
del versículo: "Hashem fue, contra Quien hemos pecado".
Ribi Iehoshua se sorprendió por la respuesta y predijo que ese niño
en el futuro sería un gran sabio de Israel. Lo rescató
pagando mucho dinero y su nombre fue Ribi Ishmael ben Elisha. ¿Cuál
fue la grandeza del niño? ¡Sólo concluyó el versículo
que el Rab había iniciado! Debemos entender que el niño con
sus palabras, apuntó a la base de la visión del judaísmo.
En esa época de tanta angustia y dolor en donde parecía que
Hashem había abandonado a su pueblo, Ribi Iehoshua ben Janania le
preguntó cuál era la causa de todo lo que sucedía. El
niño podía responder con su propio idioma y criterio, quizás
podía decir que el ejército enemigo era superior o que sólo
se trataba de algo fortuito o circunstancial. Sin
embargo, dijo: "Fue Hashem a Quien pecamos". Es el mismo concepto que menciona el Jafez Jaim en su libro Mishná
Berurá, cuando recuerda la obligación de ayunar en los días
que los Jajamim estipularon: "el sentido del ayuno es para despertar
los corazones y regresar al camino de la Teshuba. Recordar los malos actos
de nuestros antepasados que son como los nuestros ahora y que fueron los
que provocaron los sufrimientos. Por eso, toda persona debe reflexionar e
investigar sus actitudes y corregir los pecados, ya que no es lo principal
el ayuno, sino como está escrito con el pueblo de Nineve: "Y
vio Hashem sus actitudes" (Iona 3). Los Sabios explicaron que Hashem
no tomó en cuenta el ayuno sino las actitudes del pueblo de Nineve,
ya que el ayuno es sólo el medio para poder llegar a la Teshuba.
De la misma forma -continúa el Jafez Jaim- "quienes ayunan
y dedican el día a paseos o cosas vanas, toman lo secundario y
abandonan lo principal". Debemos comprender que la Torá no busca con ninguno de sus
preceptos molestar o hacer sufrir a la persona. Nuestro servicio a Hashem
no incluye ningún acto de este tipo: no debemos caminar descalzos
sobre el hielo en pleno invierno, tampoco insolarnos bajo el sol en el
verano ni caminar sobre brasas encendidas o acostarnos sobre clavos como
hacen los fakires. Por el contrario, la Torá reclama del ser
humano la alegría en su servicio a Hashem: "Y te alegrarás
con todo lo bueno que te dio a ti Hashem" (Debarim 26). Si este
sentimiento no se encuentra, es motivo de maldiciones y persecuciones al
pueblo que pueden llegar a lo peor: "por no haber servido a Di-s tu
Hashem con alegría y buen corazón" (Debarim 28). El
sentido del ayuno -al privar a la persona de una de sus necesidades básicas-
es encontrar el medio que le permita someterse a la voluntad de Hashem,
liberándose de las inclinaciones egoístas y personales. El
corazón doblado, las manos débiles y las piernas que
flaquean a consecuencia del ayuno, le permiten bajar la cabeza y encontrar
la verdad. Hay quienes creen equivocadamente que el ayuno es el
objetivo del día, pero no se dan cuenta de que sólo es un
medio para alcanzar el verdadero fin: la Teshuba. Por el contrario,
quienes equivocan el concepto pueden incluso llegar a consecuencias más
negativas aún: continuar la senda de los pecados, profundizándolos
cada vez más. "Es un momento de aflicción para Iaacob y de ella vendrá
la salvación" (Irmeiá 39). El profeta en el momento de
la destrucción del templo, no mencionó que el sufrimiento
era de Abraham o de Izjak, sino de Iaacob. Más allá de que
el nombre de Iaacob refleja también al nombre del pueblo de Israel,
existe otro sentido en el término "aflicción para
Iaacob". Ninguno de nuestros Patriarcas sufrió tanto como
Iaacob Abinu. Una aflicción tras otra lo acompañó
en toda su vida: su hermano Esav lo quiso asesinar, Laban su suegro lo
engañó cambiándole su pago, el ángel del mal
peleó con él y sólo lo liberó luego de
lastimar su pierna; su hija Dina fue llevada por Jamor ben Shejem; su
esposa Rajel no podía tener hijos y finalmente su hijo Iosef
desapareció provocando un duelo de veintidós años sin
consuelo. Iaacob Abinu es el símbolo del pueblo judío.
Si -como dicen Jazal- "los actos de los Patriarcas son los símbolos
de los hijos", los sufrimientos de los Patriarcas también son
la señal que nos recuerda que la salvación llegará. ¿Cómo
será esto? Surgirá
de la propia aflicción. Cuando Esav el perverso lloró
porque Iaacob se había adelantado para recibir la Berajá de
su padre, por las tres lágrimas que derramó recibió
como pago que sus descendientes dominaran al mundo en una época
determinada. Las lágrimas del pueblo judío después
de tantos años de sufrimientos son el mejor argumento para
despertar la piedad de Hashem.
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