¿Quién no ha escuchado
hablar alguna vez de la ilustre familia Rothschild, célebre tanto por su
inmensa fortuna como por sus buenas obras?
Su fundador fue Meyer-Anschel
Rothschild, nacido en Frankfurt, hace más de doscientos años, pertenecía a
una familia que se distinguía por su religiosidad. Su padre, Moisés Rothschild,
que falleció un año después del Bar Mitzvá de Meyer-Anschel, quería que su
hijo fuese Rabino. En lugar de ello, fue uno de los banqueros más famosos del
mundo, lo que no le impidió seguir cumpliendo la Torá en la forma más
estricta. ¿Cómo es que este joven huérfano, nacido en el ghetto de Frankfurt,
reunió una fortuna tan extraordinaria? He aquí la historia, en la que fue
protagonista principal Moisés Rothschild.
En la pequeña ciudada de
Galitzia llamada Tchorkow, la comunidad judía eligió un día, como máximo
dirigente espiritual, a un rabino conocido a la vez por su gran piedad y por su
vasta erudición. Su nombre era Tzvi Hurwitz, pero cariñosamente lo llamaban
Rab Herschele Tchorkower.
Considerado por todos como
un Tzadik, numerosos habitantes venían a pedirle un consejo o una bendición.
Estaba siempre dispuesto a ayudar al prójimo y especialmente a las viudas y
necesitados, para los cuales realizaba colectas especiales. Como inspiraba una
confianza total, todo aquél que deseaba efectuar una donación, no encontraba
nada mejor que hacerla por medio del santo Rabino.
Es comprensible que una
persona con tantas responsabilidades, necesitase un ayudante, este cargo lo tenía
el joven Moisés Rothschild. El sueldo no era particularmente elevado, pero Moisés
era feliz por poder estar cerca del Tzadik. Desempeñó sus tareas con gran
entusiasmo y en poco tiempo ganó la confianza de todos y fue considerado como
un miembro de la familia.
Pero llegó el tiempo en que
Moisés deseó fundar su propio hogar. Se casó con una joven judía de Sniatyn
y se estableció allí donde su suegro, y lo ayudó a instalar un pequeño
negocio.
Un tiempo después, el día antes de Pésaj (Pascua hebrea), durante
Bedikat Jametz (búsqueda de productos prohibidos en Pésaj), Rab Herchele
Tchorkow descubrió que le habían robado una bolsa con quinientas golden
(moneda del lugar), del cajón de su escritorio. La suma era considerable y cons-tituía el ahorro de personas
no pudientes que, con gran esfuerzo habían logrado reunir algún dinero y se lo
habían confiado al Rabino.
¿Qué podía hacer? La suma
era demasiado grande para reembolsarla, pero su pena era aún mayor al pensar
que alguien de su propia casa pudo realizar una acción tan reprensible. Además,
había un detalle, lamentable por su presición, que lo atormentaba: sólo una
persona, además de él, conocía la existencia de la bolsa en el cajón del
escritorio: era Moisés Rothschild. El Rabino había depositado en él toda su
confianza y no hubiera soñado siquiera una acción tan baja de su parte. De
todas maneras, era necesario rendirse ante la evidencia. ¿Era posible que Moisés,
ante gastos tan urgentes para formar su nuevo hogar, hubiese tomado el dinero a
título de préstamo? El muchacho era honesto; seguramente devolvería el dinero
lo antes posible.
Después de llegar a este
razonamiento, que era el único posible, el Rabino decidió no contar nada a
nadie. No había que causar daño en la colectividad, y menos aún acusar a
nadie de robo. Pensaba hablar con Moisés y aclarar el asunto con él sin que
nadie se enterase. Por lo tanto, al tercer día de Pésaj, alquiló un
carro a caballos y fue a Sniatyn para ver a su ex-ayudante. Su
partida no sorprendió a nadie en la colectividad. El Rabino acostumbraba
realizar pequeños viajes. Pero quien se sorprendió fue Moisés, al verlo
entrar de manera tan inesperada, en su modesto negocio.
Cuando ambos estuvieron
solos, el Rabino con mucho cuidado, relató a Moisés el motivo de su visita. Le
dijo cómo había descubierto la desaparición de la bolsa, asegurándole que ni
paso por su mente la idea de robo.
¿Acaso Moisés, apremiado
por la necesidad, había querido tomar prestado el dinero por cierto tiempo?
Ciertamente, aún con esta intención, tal gesto era contrario a las leyes; pero
suele suceder que el ser humano ceda a la tentación. De todos modos, si
reparaba su falta, podía estar seguro de que D's lo perdonaría. El Rabino
también estaba dispuesto a perdonarlo. Además Moisés podía contar con su
entera discreción: nadie se enteraría jamás de lo sucedido. El Rabino concluyó
diciendo que si esa suma le hubiese pertenecido, no habría tratado de
recuperarla. Pero aquel dinero era propiedad de viudas, huérfanos y gente
pobre, cuya vida misma, de él dependía.
A medida que el Rabino
hablaba, Moisés empalidecía y su mirada se llenaba de inmensa tristeza. De
pronto no pudo contener sus lágrimas: seguramente ya lo atormentaba el
remordimiento. Al menos, el Rabino lo interpretaba así y esto acrecentó su
estima por Moisés.
Este, no trató de negar
nada; permaneció en silencio, sin defenderse. Instantes después abrió su
caja, vaciándo su contenido; lo contó y se lo entregó al Rabino sin una
palabra. Luego le pidió que esperase un momento pues iría a ver con qué
completar la suma.
Pasó un rato. Cuando Moisés
regresó, la misma angustia alteraba sus rasgos. Le dijo al Rabino que, a pesar
de sus esfuerzos, no llegó a reunir más que la mitad de la suma. Pero si el
Rabino tendría paciencia, se comprometía a completar escrupulosamente la otra
mitad, con pagos sucesivos.
El Rabino se sentía feliz
del cariz que tomaban los sucesos. Siempre había pensado que Moisés era un
muchacho bueno y honesto. Su actitud en la presente situación, lo confirmaba.
Además ¡qué alivio saber que los pobres huérfanos y las viudas no sufriran
ningún perjuicio! Tenía la certeza que Moisés cumpliría la promesa.
En efecto, fiel a la palabra dada, sin que jamás hubiese que recordárselo,
el jóven envió regularmente a Rabbí Herschele, pequeñas sumas de dinero
hasta completar los quinientos golden. Este último hallaba por fin, la paz que aquel grave
accidente había turbado. En su mente, ese asunto sólo quedaría en el
recuerdo; y si alguna vez pensaba en ello, sería sólo para admirar la dignidad
y bondad con las cuales podía actuar un simple joven como Moisés, quien con
tanta abnegación había reparado una falta cometida en un mal momento.
Cierto día en que Rabbí
Herschele estaba profundamente sumido en el estudio, llegó a su casa un
mensajero que venía de parte del Jefe de Policía de la ciudad. Este último,
disculpándose por molestar al Rabino, le informó que desea verlo por un asunto
urgente y que un coche lo esperaba en la puerta para conducirlo.
El Rabino no tenía la menor
idea del motivo del llamado; se encomendó a D's, esperando que ningún peligro
amenazara a la colectividad y se apresuró a acompañar al mensajero.
El jefe de policía lo
recibió amistosamente y le preguntó si en el último tiempo, no le habían
robado nada en su casa.
Rabbí Herschele le respondió
que si refería a cierta suma que se la había desaparecido, en la actualidad ya
la había recuperado. Ante estas palabras, el jefe de la Policía pareció muy
sorprendido y le pidió que le contase lo sucedido.
-"Si Ud. me promete no
emprender ninguna acción contra un inocente que, además, ya reparó su falta,
le contaré todo", respondió Rabbí Herschele.
El jefe de la policía se lo
prometió. El Rabino le dio los detalles que deseaba sin omitir uno solo.
-"¡Uds. los judíos,
son verdaderamente extraordinarios! ¡Jamás en mi vida oí cosa
semejante!", exclamó lleno de admiración el jefe de Policía.
Después de decir esto, abrió
un cajón del escritorio, y sacando una bolsa, preguntó: "Sr. Rabino: ¿reconoce
esto?".
Esta vez el sorprendido fue
Rabbí Herschele. ¡Era su bolsa, la misma que había desaparecido en víspera
de Pésaj!
El jefe de Policía se alegró
del efecto causado. Esperó unos instantes. Luego llamó y cuando apareció un
subordinado, le dijo: "¡Tráelos!". El policía regresó rápidamente
con una mujer y un hombre con las manos esposadas.
-"¿Los conoce
Ud.?", preguntó el jefe de Policía al Rabino. -"¡No!",
respondió este último cada vez más intrigado. -"Absorbido por los
libros, como Ud. está siempre, no se fijó en la cara de la doméstica que
limpia su casa. Pero poco importa que la reconozca o no, pues ya confesó
todo".
Y luego de ordenar que se
llevaran a la pareja, el jefe de Policía relató al Rabino su historia, la
verdadera. Días antes de Pésaj, la mucama había hecho una gran limpieza en la
casa y encontró la bolsa que Rabbí Herschele guardaba en el cajón de su
escritorio; la escondió y luego se la llevó a su casa en las afueras, donde
vivía con su marido.
Ambos decidieron enterrar el
botín en el granero, para que no despertara sospechas. Pero el marido, era un
ebrio consuetudinario, y no pudo resistir la tentación de sacar algo para
satifacer su pasión. Así es que tomó una moneda y se fue a la hostería.
Cuando el posadero le preguntó cómo había obtenido aquella moneda de plata,
le contestó que la había encontrado. Pero al día siguiente volvió con otra
moneda, y lo mismo hizo al día siguiente. Entonces el posadero empezó a
sospechar y advirtió a la policía.
El hombre fue detenido y negó
todo; pero algunos latigazos lo hicieron confesar. La bolsa fue encontrada casi
intacta, ya que no faltaban más que las tres monedas gastadas en la hostería.
-"Es suya, llévesela",
dijo el jefe de policía al Rabino. Este sonreía; su satisfacción era enorme.
Sin embargo no dejaba de estar intrigadopor la conducta de Moisés que no sólo
no se había defendido al aparecer como sospechoso, sino que hasta había
pagado, por un robo cometido por otro.
El Rabino se fue con el
corazón desbordante de alegría y se apresuró a visitar a Moisés.
-Reb Moshé,- le dijo luego
de haberlo saludado- espero que quieras perdonarme". "¿Por qué - le
preguntó con los ojos llenos de lágrimas -No me dijiste que no habías tomado
el dinero?"
Su colaborador le respondió
que la posible desdicha de los pobres huérfanos unida a las angustia del
Rabino, lo habían conmovido profundamente. Si hubiera dicho la verdad negando
ser el autor del robo, el Rabino no hubiera aceptado su ayuda pues la hubiera
considerado un sacrificio demasiado grande. En efecto lo fue, pues debió empeñar
todo lo que poseía para poder reunir la suma que le entregó al Rabino el
primer día; además debió economizar moneda sobre moneda para formar el resto.
Pero aquel sacrificio era necesario, pues sabía que Rabbí Herschele no podría
reunir aquella suma.
El Rab estrechó a Moisés
en sus brazos y le dió su bendición, pidiendo a D's que le diese una gran
fortuna para que siempre pudiese ayudar a los pobres necesitados.
-"Aquí está la suma
que tan generosamente pagaste de tu bolsillo. Vuelve a Frankfurt donde tendrás
mejor ocación de hacer buenos negocios y cumplir buenas acciones. Que D's esté
contigo, con tus hijos y con los hijos de tus hijos en todas las generaciones
futuras".
La bendición de Rabbí
Herschele Tchorcower no fue dada en vano. Moisés Rothschild fue un gran
comerciante en Frankfurt, dedicándose también a operaciones de cambio muy
ventajosas. Su hijo Meyer-Anschel Rothschild tuvo aún más éxito que él. Sus
cinco hijos, que se establecieron, cada uno en otra capital de Europa, ayudaron
a acrecentarla.