PERASHA BEHAALOTEJA:
"La prueba de la constancia"
El primer comentario de Rashi sobre esta Perasha se refiere a la relación
entre el final de la Perasha anterior -el tema de la inauguración del Mishkan y
los sacrificios que los príncipes de las tribus efectuaron durante doce días-
y el comienzo de esta Perasha con el encendido de las Nerot de la Menorá (velas
del candelabro) por intermedio de Aharon. ¿Cúal es la relación entre ambos
temas? La explicación de Rashi es que cuando observó Aharon la inauguración
del Mishkan a cargo de los príncipes de cada tribu, se sintió mal por no haber
tenido participación con ellos en la misma. Hashem le juró: "lo tuyo será
mayor que lo de ellos, ya que te encargarás de encender y preparar la Menorá".
Ribi Moshe bar Najmán (Najmánides) en su comentario sobre la Torá pregunta:
"¿por qué lo consoló Hashem con las Nerot y no con cualquiera de las
otras actividades que el Cohen realizaría tales como los sacrificios, el
servicio de Iom Kipur, o el Ketoret (incienso) que ofrecía todos los días a la
mañana y a la tarde?". La respuesta del propio Ramban es que como en el
futuro el Bet Hamikdash se destruiría, no habría más sacrificios ni incienso;
en cambio, la Menorá que se encendía en él sería siempre recordada por el
milagro que sucedería en Januca. Precisamente, cuando celebramos esa festividad
y encendemos las Nerot de Januca, recordamos también la Mizva que Aharon tenía
de encender la Menorá.
Quizás el concepto aún no es claro. ¿Acaso la grandeza o
importancia de algo depende de la continuidad? Sí, porque el trabajo de la
vida consiste en copiar las virtudes del Todopoderoso: así como El es piadoso,
misericordioso y benevolente, también nosotros debemos serlo. Así como en
Hashem no hay cambio posible, en nuestro servicio hacia El no debe haber
variaciones: siempre se lo debe servir con la misma devoción y entusiasmo.
Precisamente ésa es la alabanza de Aharon. El versículo atestigua:
"E hizo así Aharon frente a la faz del candelabro encendió sus candeles,
como ordenó Hashem a Moshe" (Bamidbar 8). Rashi comenta que la Torá alaba
a Aharon por haber hecho lo que correspondía sin cambiar nada. ¿Cuál es la
alabanza? ¡Era su deber! ¡Lo
contrario hubiese sido un desprecio! Nuestros Sabios nos explican que la
Torá lo destaca por haber encendido la Menorá en todas las ocasiones con el
mismo entusiasmo de la primera vez. Ése es el desafío de todo ser humano: la
constancia. El Talmud en Berajot 6 comenta que "todo el que fija un
lugar determinado para decir su Tefilá, Hashem de Abraham Abinu lo ayudará".
En principio, observamos que no sólo se trata de decir la Tefilá siempre en el
mismo Bet Hakeneset -no como aquellos que concurren a varios y finalmente no se
identifican con ningún lugar- sino que incluso la ubicación que ocupe dentro
del Bet Hakeneset debe ser la misma. ¿Tan importante es esto? ¿Por qué el
Talmud acentúa: "el Di-s de Abraham"? ¿Por qué no el de otro
Patriarca? La respuesta es que Abraham Abinu trajo al mundo la fe de la
existencia de un Ser Supremo y en ningún momento tropezó pese a todas las
pruebas que debió soportar. Ni el fuego al que Nimrod lo arrojó, ni la orden
de ofrecer como sacrificio a su hijo -entre tantas otras situaciones- lo
hicieron desviar de su línea. Abraham fue el mismo siempre pese a todo y por
eso toda persona que buscaba la verdad se acercaba a él. Su constancia, su línea
y su conducta fueron la clave de su éxito en la vida, que le permitió
construirse a sí mismo e influenciar en en el resto de la gente.
Es relativamente fácil comenzar con algo que sabemos que es positivo
hacer. La prueba verdadera es si lo continuaremos haciendo o no. Cuántas veces
-por ejemplo- escuchamos sobre la importancia de decir palabras de Torá en la
mesa, sobre todo en Shabat donde hay más tiempo y se puede disfrutar junto a la
familia al comprobar cómo los hijos adelantaron en sus respectivos estudios y
conocimientos. Muchos empiezan realmente a hacerlo, pero ¿cuántos son los que
continúan? El Satán tiene muchos caminos para cortar esa iniciativa: se
recibieron invitados y la conversación giró sobre otros temas; toda la familia
fue a pasar Shabat a otro hogar; fueron invitados a un Bar Mizva, etc. Al
cortar por sólo una vez una buena costumbre, cuesta volver a implementarla.
Pero no se trata solamente de algo que implique a toda la familia. En temas
particulares, hay muchos ejemplos de cómo tropezamos e interrumpimos
iniciativas positivas que habíamos comenzado: concurrir todos los días a Tefilá
en el Bet Hakeneset, recibir invitados, fijar un tiempo inamovible de estudio de
Torá, no hablar en el momento de la Tefilá o de la lectura de la Torá, etc.
En el texto de anulación de promesas que decimos antes de los días de
Rosh Hashaná, nos referimos también a "los comportamientos correctos o
cosas buenas que hicimos tres veces y no dijimos sobre ellas "Beli
Neder" (sin promesa), tanto de las que nos acordamos o de las que ya nos
olvidamos". Evidentemente que se trata de una debilidad humana en la que
muchos tropiezan, pero igualmente debemos analizar las soluciones que se
puedan encontrar. Algo muy sencillo y con éxito asegurado es anotar en una
libreta personal todas las iniciativas que comenzamos y comprobar con el correr
del tiempo si aún se encuentran en nuestro crédito. No se trata de ningún
descubrimiento novedoso. La propia Torá nos enseña que el pueblo judío
alcanzó el máximo nivel de espiritualidad en el momento de la salida de
Egipto. Para conservar el recuerdo de lo sucedido, la Torá determinó una serie
de preceptos en los que decimos: "recuerdo de la salida de Egipto". De
esta manera, la Torá nos da la receta para sacar las conclusiones pertinentes y
encontrar así la posibilidad de elevarse continuamente en los temas
espirituales.
En el tema de la educación de los hijos, poseer una línea de conducta
sin importar la circunstancia que se atraviese es fundamental para encontrar el
éxito tan anhelado. Padres que de verdad se preocupan por la
educación de sus hijos, se preguntan en momentos determinados: "¿en que
fallé? ¿Qué es lo que hice mal?". Quizás la respuesta sea que los
mensajes deben ser claros sin dar lugar a que los niños se confundan con
indicaciones contradictorias. Un día les decimos algo y al otro variamos la
posición o, lo que es peor aún, con nuestra conducta les demostramos que lo
que habíamos dicho el día anterior era sólo teoría y no lo efectuamos en la
práctica. Les reclamamos -por ejemplo- respeto y buenos modales, pero ellos
observan que los padres discuten, se ofenden y los principios básicos de
convivencia no existen. Les decimos que lo más sagrado que existe es el estudio
de la Torá y ellos ven como ese mismo padre pierde horas y horas de su vida con
un diario en su mano o bajo los efectos mágicos de un aparato de televisión.
Nos olvidamos que lo que hacemos a los ojos de nuestros hijos -por más pequeños
que sean- pasa a ser la manera más directa en que se educa y lamentablemente, a
veces deja mucho que desear. Estamos permanentemente en una especie de
"vidriera" que ellos observan, analizan y perciben. Los Sabios nos
enseñan que lo que la persona aprende de niño es como la tinta que se escribe
sobre un pergamino liso, en donde por más que se borre lo escrito, la tinta
quedará impregnada por dentro. También el niño adquiere dentro de sí todo el
comportamiento que observó de sus padres y en el futuro repetirá en forma
natural lo que vio durante tanto tiempo. Por eso, las bases y la línea de
conducta de los padres deben ser firmes e inamovibles, para no confundirlos con
cambios de posiciones e ideas.
Decimos en la lectura de la Shemá: "Y enseñarás a tu hijo y
hablarás en ella" (la Torá), o sea, que con el ejemplo que un padre dará
a su hijo estudiando primero él la Torá, será la mejor enseñanza que se podrá
transmitir. El Talmud en Nedarim 81 pregunta por qué los hijos de grandes
Sabios no son también Sabios y la respuesta es que "no dijeron la Berajá
de la Torá al principio", ya que como sabemos debemos decir a la mañana
"Bircat Hatorá", la bendición que exceptúa todo el estudio que
realizaremos durante el día. Pero hay un concepto más profundo que debemos
interpretar, ya que no es lógico pensar que esos Sabios no hayan dicho esa
Berajá. Quizás el concepto se refiera a que no consideraron a la Torá como
"primera" y dieron importancia a otras cosas antes que a ella. Lo
normal es que todo hijo desea ser como su padre e imita lo que él hace: si ve
que toda su preocupación es por el estudio y cumplimiento de la Torá también
para él será su prioridad, pero si el padre abandona a la Torá ante cualquier
situación que se presente, tampoco el hijo la valorará.
Moshe Rabenu reunió al pueblo de Israel al otro día de Iom Kipur cuando
bajó del monte de Sinai luego que Hashem les perdonara el pecado del becerro de
oro. Les habló en ese momento sobre temas fundamentales, tales como la
observancia del Shabat y la construcción del Mishkan. La Torá concluye el tema
diciendo: "Se retiró toda la congregación de los hijos de Israel de estar
frente a Moshe" (Shemot 35). Preguntan nuestros Jajamim: ¿para qué repite
la Torá el término "de estar frente a Moshe"? Si estaban reunidos
con él, con seguridad que cuando se retiraran sería de haber estado con Moshe.
La respuesta de nuestos Sabios es que llevarón consigo las palabras de Moshe
Rabenu cuando dejaron de estudiar y fueron a sus hogares. Ahí es la prueba
verdadera, cuando nos retiramos del lugar sagrado en donde todos parecemos ser
las personas más correctas del universo, pero habrá que ver quién sigue
demostrando lo mismo en su casa y comercio.
El Talmud en Berajot 27 comenta que quisieron nombrar en una oportunidad
como jefe de los Rabanim a Ribi Elhazar ben Azariá, quien reunía todas las
condiciones al proceder de una dinastía de Sabios y poseer inteligencia y
riqueza. La señora de Ribi Elhazar ben Azariá le dijo a su esposo: "quizás
en el futuro te quiten del puesto". Ribi Elhazar le contestó con un dicho
popular: "es bueno usar una copa de cristal aunque sea por un día, por más
que al otro día se rompa". El Talmud continúa relatando el milagro que
sucedió con Ribi Elhazar al que le brotaron dieciocho filas de barba blanca,
para que su presencia fuera más importante aún a pesar de tratarse de un joven
de dieciocho años. Pero detengámonos en la respuesta de Ribi Elhazar a su señora:
¿acaso se basaba en lo que la gente dice y con eso era suficiente? ¿o
acaso buscaba su propia honra? De
ninguna manera, lo que quiso significarle a su esposa era que tenía la
posibilidad de elevarse espiritualmente a un nivel inimaginable para él. No
le importaba que quizás fuera por un sólo día, ya que permanecería en
ese nivel aunque perdiera su cargo real. Otra vez el mismo concepto: la
importancia de la continuidad y de no caer luego de haber alcanzado un nivel
determinado.
Hay un reclamo de "temer a Hashem vuestro Di-s todos los días que
están vivos sobre la tierra" (Debarim 31). Su voluntad consiste en que lo
sirvamos no en forma fraccionada o irregular, sino que nuestro corazón debe
estar entregado a Hashem todos los días de nuestra vida. De lo contrario, sería
comparable con aquel enfermo cuyo compañero lo encontró en la calle y le
preguntó por su salud: "Estoy enfermo", fue la respuesta. El compañero,
sorprendido, le dijo que su aspecto actual no reflejaba ninguna enfermedad. El
enfermo le respondió: "tienes razón, en este instante estoy bien, pero mi
enfermedad consiste en una fiebre repentina que en cualquier momento me ataca.
Me obliga a acostarme hasta que pueda recuperarme, pero al poco tiempo vuelvo a
caer, por lo que todavía estoy enfermo aunque quizás en este instante no lo
parezca". De la misma forma, podemos servir en algún momento a Hashem con
todas nuestras fuerzas, pero lo que determina nuestro verdadero estado son
aquellos momentos en los que caemos y cometemos necedades que comprueban que estábamos
enfermos espiritualmente incluso cuando servíamos a Hashem. "Todos los
días" y en forma ininterrumpida debemos subyugar nuestro corazón a la
voluntad del Todopoderoso.
El desastre del ser humano es la falta de constancia y continuidad.
Estudiamos Torá -por ejemplo- una y otra vez. Sin embargo, no alcanzamos
niveles elevados porque nos falta la continuidad de llevar con nosotros a esa
misma Torá en los momentos de interrupción. En cada oportunidad debemos
empezar desde cero y estamos nuevamente en el punto de partida inicial. Respecto
a Abraham Abinu, está escrito que era "venido en días", ya que cada
día agregaba espiritualidad al anterior sin ningún tipo de interrupción. Por
eso llegó a ser lo que fue. Los Sabios lo ejemplifican con una pava llena de
agua puesta sobre el fuego que es retirada del mismo instantes antes de que
hierva. Luego de enfriarse, es colocada nuevamente al fuego y otra vez es
retirada antes de que alcance el estado de ebullición. El resultado es claro:
nunca hervirá por más que repitamos la operación muchas veces. En forma
similar, quien interrumpe su servicio a Hashem corta su continuidad y cada vez
debe comenzar de nuevo. Es lo que aprendemos de Ribi Akiba, que luego de haber
estudiado Torá durante doce años fuera de su hogar con el consentimiento de su
esposa, al regresar al mismo escuchó como ella decía a su vecina: "si mi
marido me escuchara, le diría que permaneciera doce años más estudiando Torá".
Cuando Ribi Akiba escuchó esto, se retiró sin ingresar siquiera por un
instante a su hogar. Nosotros no comprendemos en principio su actitud: ¡hubiese
entrado aunque más no fuera por un instante! Lo que sucede es que Ribi Akiba
sabía la gravedad de la interrupción o de apartar el pensamiento de la Torá
aunque sea sólo por un pequeño lapso. Estaba convencido de que no es lo mismo
estudiar doce años más otros doce años con un corte en el medio -por más
pequeño que sea- que estudiar veinticuatro años en forma continua.