PERASHA BALAK:
"El valor de un hijo"
Cuando Bilham el perverso quiso maldecir al pueblo de Israel, Hashem hizo
que milagrosamente sólo salieran bendiciones de su boca. De esas bendiciones,
podemos deducir cuál era su verdadera intención: "¡Cuán buenas son tus
tiendas Iaacob, tus moradas Israel!" (Bamidbar 24). Este versículo
demuestra que Bilham sabía que la base del pueblo de Israel es la familia judía
y quiso maldecirla para así poder exterminarlo. Hashem con su piedad transformó
su maldición en bendición: "no quiso Hashem, tu Di-s, escuchar a Bilham y
dio vuelta Hashem la maldición en bendición, porque te quiere Hashem tu
Di-s" (Debarim 23).
La familia judía; los hijos de Israel son quienes aseguran la
continuidad de nuestro pueblo. Vivimos en una generación en
donde en muchos casos -lamentablemente- se perdió el sentido de la vida.
Valores fundamentales tales como traer hijos al mundo, son dejados de lado sólo
por algún provecho momentáneo que equivocadamente se titula "aprovechar
la vida". Se perdió el verdadero valor de la vida al estar influenciados
por conceptos erróneos alejados de la Torá que pretenden hacer creer que una
pareja con muchos hijos tendrá muchos inconvenientes para salir adelante. No
sabemos valorar el Zejut de recibir un hijo, un alma pura que Hashem deposita en
nuestras manos para educarla en el camino que Di-s nos enseña. Existen
casos en donde por problemas de salud -por ejemplo- las parejas recurren a
rabinos que los autorizan por un período determinado a privarse de traer hijos
al mundo. El rabino considera el caso y otorga el permiso de acuerdo con lo que
la jurisprudencia determina. No nos referimos en este comentario a esas
situaciones excepcionales que siempre deben ser consultadas con un Rab, sino a
aquellas en donde por el sólo hecho de ya tener uno o más hijos, los padres
consideran que ya cumplieron con su obligación de procrear. En una oportunidad
una persona le preguntó a otra cuántos hijos tenía. La respuesta que recibió
fue que tenía diez hijos, a lo que el primero acotó: "¡Tienes muchos más
que yo!" La pregunta se imponía: "¿Cuántos hijos tienes tú?".
La respuesta fue: "nueve hijos". Sorprendido, el hombre respondió que
finalmente no era tan grande la diferencia entre tener nueve o diez hijos. La
otra persona le respondió: "¡Un hijo! ¿Crees que es poco el valor de
un alma?". Ésa es la óptica verdadera de la vida, saber decir gracias
a Hashem por habernos dado el mérito de poder criar más hijos en el camino de
la continuidad de nuestro pueblo.
Si en lugar de pensar que una cantidad numerosa de hijos son una carga o
representa aumentar los problemas, pensáramos que por criar y educar a ese niño
tendremos el mérito de heredar el mundo venidero, la óptica sería distinta.
Si entendiéramos que somos emisarios de Di-s para una misión sagrada de cuidar
almas puras que son depositadas en nuestras manos, la motivación sería otra. Es
difícil criar hijos, pero si toda nuestra fuerza no la dedicamos para algo tan
valioso como es educarlos, ¿cuál es el sentido de la vida? ¿Acaso no
disponemos de la fuerza necesaria para hacerlo? Seguramente que sí, ya que si
el Todopoderoso nos dio a nuestros hijos es porque sabe que podemos educarlos
como él quiere que lo hagamos. Ninguno de nosotros entrega un billete de cien dólares
a un bebé, porque sabemos que no lo sabrá cuidar. Si Hashem nos entregó esas
almas puras, es porque podemos criarlos correctamente. Sólo depende de nuestra
motivación y de saber valorar el sentido de la vida.
El Talmud en Tamid 32 relata cuando Alejandro el Magno -luego de
conquistar muchas ciudades y de considerarse un gran filósofo discípulo de
Aristóteles- llegó a Erez Israel. Alejandro formuló diez preguntas a los
Jajamim, de las cuales sólo analizaremos algunas de ellas para poder comprender
el verdadero sentido de la vida. "¿Quién es el sabio?"
preguntó Alejandro esperando que le respondieran que era alguien que sabía
tanta filosofía como él. Pero los Jajamim le respondieron diciendo: "el
que observa el futuro", ya que no se trata de analizar superficialmente los
temas y creer que la sabiduría consiste en incorporar conceptos de ética y
moral a la mente y no vivir de acuerdo con esos principios. Se debe tener
presente el final de la persona, en donde deberá rendir cuenta delante de Di-s
de sus actitudes y a eso se refiere el concepto de "el que observa el
futuro". Pero Alejandro no entendió el simbolismo de esa frase y volvió a
preguntar: "¿Quién es el fuerte?" esperando nuevamente que le
contestaran que un gran conquistador como él, era la imagen de la fuerza. La
respuesta profunda de nuestros Sabios fue: "el que domina su
instinto", ya que quien no sabe controlar su deseo o ambición, es la
persona más débil que pueda existir pese a que posea un poderío físico.
Alejandro seguía sin entender y preguntó: "¿Quién es el rico?";
estaba seguro de ser la persona más adinerada de la tierra. Pero los Sabios le
dijeron: "quien se alegra con su parte", ya que se puede dominar el
mundo como Alejandro lo había hecho, pero si aún no se conformaba con lo que
poseía era más pobre que nadie. Alejandro no podía comprender, si la
inteligencia, la fuerza y la riqueza no determinan el sentido de la existencia
¿cuál es el sabor de la vida? Precisamente le preguntó a los Jajamim: "Qué
debe hacer la persona para vivir?". La respuesta profunda nuevamente de
los Sabios fue: "que se mate a sí mismo". Como explica el Rosh
Z"L, el significado de la respuesta fue que no se deje arrastrar por los
placeres materiales sino que se dedique a lo espiritual y así heredará este
mundo y el venidero. Los Jajamim le respondieron de esta forma a Alejandro
el Magno, demostrándole el sentido verdadero de la vida. El profeta Irmeia 9
nos enseña al respecto: "Que no se enaltezca el sabio por su sabiduría ni
el fuerte por su poder ni el rico por su riqueza. Sólo se vanaglorie en
comprender y entender que yo soy Hashem y doy favor, justicia y rectitud en la
tierra". Nadie se puede alabar con algo que no es suyo; la inteligencia, la
fuerza y la riqueza, son regalos Divinos que en cualquier momento la persona
puede perder como muchas veces observamos. Lo único que es propio y depende
del ser humano es el temor a Di-s. Por lo tanto, es lo único con que es posible
alabar a alguien.
Retomando el tema de la importancia de procrear, recordemos que el Talmud
en Shabat 31 menciona entre las primeras preguntas que le formulan a la persona
en el juicio celestial: "¿Te ocupaste de traer hijos al mundo?".
Es realmente absurdo comparar el regalo Divino de traer un hijo con un lujo o
placer que quizás no podrá tener por ocuparse de sus hijos. El rey David
en Tehilim 127 nos enseña: "He aquí que los hijos son heredad del
Eterno... Feliz es el hombre que tiene su aljaba llena de ellos, no serán
avergonzados cuando hablen de sus enemigos en el portón". En algunos
casos, escuchamos cómo la mujer se queja por el trabajo que le lleva ocuparse
de sus hijos y reprocha a su marido, que al estar fuera del hogar no participa
de ese sacrificio. Esa mujer olvida que criar a los hijos no es sólo un deber,
sino que es su mérito por el que debe sentirse orgullosa. Debe comprender que
cada vez que cambia el pañal de su bebé, está cumpliendo uno de los preceptos
más importantes que tiene. Todo su mundo venidero depende de sus hijos.
Todos deseamos obtener el Olam Habá, pero debemos saber que el pasaje no es
gratuito, sino que sólo con el esfuerzo se encontrará la recompensa. Nunca
los temas económicos pueden ser motivo para no traer hijos al mundo;
"el que da la vida da el sustento", nos enseñan nuestros Sabios. Por
el contrario, los sufrimientos que la persona debe recibir están determinados y
quizás es preferible repartirlos entre varios hijos y no con uno sólo. La
persona no debe considerarse tan sabia para darle consejos a Hashem.
Intentemos aclarar el concepto de la Torá sobre un tema que ocupa al
mundo desde mucho tiempo atrás: el aborto. Para ello, debemos recordar
que la Torá reglamenta el comportamiento de la persona no sólo con el prójimo,
sino con absolutamente todo lo que lo rodea: los animales, los vegetales e
incluso lo inerte. Miles de años antes de que el mundo reclamara por temas
tales como la ecología y la calidad de vida, la Torá estipulaba el
comportamiento humano al respecto. En Debarim 20, la Torá comenta: "si
sitiareis a una ciudad muchos días para combatir contra ella y tomarla, no
destruyas sus árboles asestando con el hacha, porque de ellos comerás y a
ellos no cortarás". Este versículo se refiere a que incluso en el caso de
una guerra en donde se podría llegar a pensar que todo estaría permitido, la
Torá reclama respeto y cuidado hacia los árboles que dan de comer a la persona
y por lo tanto, no pueden ser utilizados como elemento de combate. ¿Cuál
es la relación de este tema con el aborto? Para encontrarla, debemos recordar
una de las reglas necesarias para entender la Torá: el "Kal Vajomer"
o sea el razonamiento lógico. ¿En qué consiste? Veamos un ejemplo: en la Torá
no está escrito en forma clara que existe una prohibición de golpear a un
compañero, sino que se aprende de un razonamiento lógico. ¿Cuál es? La Torá
advirtió al Bet Din (tribunal de justicia) que incluso en el caso de que un
perverso debiera merecer un castigo que consistía en aquella época en recibir
una cantidad determinada de latigazos por una transgresión que había cometido,
no se podía aumentar esa cantidad: "Treinta y nueve veces lo golpearán,
no más" (Debarim 25). Ahora podemos deducir el siguiente razonamiento: si
al perverso que merece un castigo no se lo puede golpear más de lo estipulado,
con más razón que estará prohibido terminantemente golpear al prójimo. Ahora
que comprendimos el concepto del "Kal Vajomer", podemos retornar al
tema del aborto. Si la Torá detalla que no se puede destruir un árbol por
el fruto que saldrá de él, ¿acaso se podrá premeditadamente impedir el
nacimiento de un ser humano? El valor que un árbol posee es sólo por la
posibilidad de servir a la persona -corona de la creación- que comerá de su
fruto o se deleitará con su sombra. En Pirke Ribi Eliezer está escrito que en
el momento en que alguien destruye un árbol, el clamor de ese árbol se escucha
desde un extremo del mundo hasta el otro, significando que todo el universo se
estremece con esa acción. ¿Qué nos imaginamos que sucederá entonces si
alguien impide la vida a un bebé en el vientre de su madre? ¿Cuál es la
proporción adecuada de la relación que existe entre las frutas que podían
crecer en un árbol con los actos que un ser humano podía realizar durante toda
su existencia? Luego de esta reflexión, ¿acaso la gravedad de permitir un
aborto no está suficientemente explícita con este ejemplo de la Torá?
Es común escuchar de aquellos que pretenden legalizar el aborto que la
persona es dueña de su propio cuerpo y posee la libertad de hacer lo que quiera
con su organismo. Frente a esta ridícula idea que pretende justificar lo que la
Torá califica como asesinato, podríamos preguntar: ¿qué opinaríamos de
alguien que quiere plantar marihuana en el jardín de su casa? ¿Acaso no se
trata de su propiedad? Sin embargo, todos estamos de acuerdo con que hay un tipo
de temas que exceden a la libertad de la persona y a su individualidad. Se trata
de temas que están relacionados con el desarrollo de un pueblo o con el de una
nación. El bebé que esa madre posee en su vientre no es sólo su hijo, sino
que se trata de un regalo de Di-s para nuestra continuidad como pueblo. En
el caso de tratarse de una madre no judía, se trata de un ser humano que
asegura el desarrollo del mundo. El hecho de tener varios hijos, de ninguna
manera justifica practicar un aborto. El Talmud en Sanhedrin 57 titula como
asesinato para toda la humanidad a quien actúa de esa forma. Lo deduce de un
versículo escrito antes de la entrega de la Torá: "quien derrama sangre
de la persona en la persona, su sangre será vertida" (Bereshit 9). El
Talmud pregunta: "¿Cuál es la sangre de la persona que se encuentra en la
misma persona?" La respuesta es que se refiere al bebé en el vientre de su
madre.
¿Qué tipo de respuesta se podría dar a ese bebé si preguntara
-imaginativamente- luego de muchos años por qué no lo dejaron vivir? ¿Y si la
pregunta la formulara cualquiera de los descendientes que él hubiera traído al
mundo? ¿Se podría contestarles que la casa en donde vivían los padres era muy
pequeña? ¿O acaso se podría decirle que los vecinos se hubieran sorprendido
al ver nuevamente embarazada a la madre? ¿O que quizás después de una edad
determinada no estaban en condiciones de escuchar los llantos de un bebé? Con
seguridad de que muchos de los que hoy nos encontramos en el mundo, no hubiéramos
nacido si nuestras madres hubiesen hecho muchos cálculos "razonables"
que hoy lamentablemente existen. La sociedad se estremece cuando alguna
persona anormal destruye un cuadro famoso o una estatua o cuando se extingue una
especie animal por cazadores irresponsables. ¿Cuál debe ser entonces la reacción
si se destruye un ser individual y único al que no le permitieron ni siquiera
desarrollarse y vivir?
Sintetizando lo que intentamos transmitir en este comentario, recibimos
el mensaje de aprender a valorar la vida y a nuestros hijos. Ellos no son
responsables si alguien tuvo un mal día de trabajo y no tienen por qué
soportar el mal carácter de los padres. Es común escuchar a padres que
preguntan por qué sus hijos se rebelan. Quizás la respuesta sea que en muchos
casos los padres no supieron valorar lo que los hijos consideraban como una
parte importante de la vida. ¡Cuántos niños tienen en su hogar todo tipo de
juegos y entretenimientos, pero les falta tener a sus padres que si bien existen
físicamente están sumergidos en sus problemas particulares y no les brindan la
atención que ellos desean y ansían! Si entendemos lo precioso que es un
alma judía, nos preocuparemos de verdad por nuestros hijos, haremos Tefilá y
derramaremos lágrimas para que el Todopoderoso los cuide física y
espiritualmente. Tendremos así la dicha de ver generaciones rectas y
benditas en el camino de la Torá y Mizvot. Amén.