Balak
Los herederos del miedo y del odio
Los métodos no convencionales existen también en el relato bíblico, por
cierto. Nuestra perashá lleva
por nombre el de un rey que decide
implementarlos. Aunque debería también llevar, nuestra sección semanal, el
nombre de quién los llevó a
cabo. Sin embargo, y no a modo de conformismo,
nos damos por informados de que hubo un monarca, de una mítica
comarca
bíblica llamada Moab, quien conmovido por los sucesos de en derredor, y
viendo cómo dos poderosos pueblos (con sus respectivos gobernantes)
sucumbían ante el "pueblo de esclavos" recién redimidos
de una prolongada
esclavitud, se decide a enfrentarlos, pero no en un campo de batalla...
Ese rey se llama Balak, hijo de Tsipor. Y tiene miedo. Miedo de sumarse al
contingente de los vencidos. Pero convengamos algo, por favor: el pueblo
judío no llamó a la guerra. Es
más, hemos sido testigos durante la lectura
de la semana anterior ("Jukat"), acerca de cómo Moshé intentó
por medios
pacíficos llegar a un acuerdo para "atravesar" los territorios de Edóm, del
Emorí y de Bashán. Las
respuestas fueron contundentes. Si tocan un palmo de
nuestro territorio, verán la guerra. Y hubo guerra. Y los territotios de Og
y Sijón, reyes de los pueblos mencionados (Emorí y Bashán) pasaron a poder
de los hebreos.
Balak ya se imagina su futuro. Decide "romper" las reglas del juego. No
contrata un ejército de mercenarios. Ni siquiera alista a sus propios
soldados para una batalla. No, nada de eso. Decide convocar a alguien con
características muy especiales: para algún sector es un Profeta de las
naciones, mientras que para otro era un gran hechicero y mago. Para otros
era un ser humano dotado con poderes especiales, aunque utilizados
corrientemente para el mal y la destrucción.
Balak el rey contrata a Bilám. Históricamente existía un odio
ancestral
entre Moab, por un lado, y los ancianos de Midián, por el otro. Pero
recurrió a este pueblo para
pedir "referencias"
acerca de a quién
"contratar". Los midianitas eran expertos en esto de los
"profesionales".
Máxime si de hechiceros y brujos se trataba. Tanto, pero tanto cuesta
entender esta "unión", este imprevisto "amor", que nuestros Sabios
así lo
vieron, a través de la siguiente parábola:
"Dos perros que guardaban un rebaño estaban siempre riñendo.
Vino el lobo y
atacó a uno. El otro se dijo:
'Si no ayudo a mi compañero hoy, el lobo me
atacará mañana a mí'. Se reconciliaron los dos perros y juntos
mataron al
lobo" (Talmud Bablí, Sanhedrín
105 a).
Claro el ejemplo, ¿verdad? Así el mundo
de los pactos y los acuerdos.
(Aunque confiamos que sólo sea el de países, y no el de las
personas...)
Entonces Balak envía por Bilám, dijimos. El pedido es claro:
"...He aquí un
pueblo que acaba de salir de Egipto; he aquí que cubre la faz de la tierra;
y está asentado
enfrente de mí. Ahora, pues,
ruégote vengas y me maldigas a
este pueblo, porque es más fuerte que yo... Porque sé
que aquel que tú
bendijeres es bendito y aquel que maldijeres será maldito" (Cap. 22: 5-6).
Un primer intento se ve abortado, cuando aquella noche, el
Todopoderoso se
le "aparece en visión nocturna" a Bilám -corroborando la apreciación
rabínica de que "Existe profecía entre los gentiles" y le dice: "No vayas
con ellos; no has de maldecir al pueblo, porque es bendito".
Pero Balak insiste. Envía otra "delegación". Más prestigiosa que la
primera, dice el texto. Aunque el prestigio lo da otra cosa. Balak manda a
decir esta vez: "...que ninguna cosa te estorbe de venir a mí, porque te
honraré con muy grandes
honores, y todo lo que me dijeres lo haré" (Cap.
22:16-17).
La respuesta de Bilám no se deja esperar: "Aun cuando Balak me
diere su
casa llena de plata y de oro, no podré traspasar la palabra del Señor, mi
D-s, para hacer cosa alguna, ni chica ni grande" (Cap. 22:18). Pero, ¿era
realmente así o más bien era su coartada para pasar un buen cachet?
Bilám
finalmente va. Era una persona muy poco creíble. Veamos un instante la
aproximación de los comentaristas bíblicos, quienes intentan darnos un
perfil -más concreto, menos ideal- acerca de este hombre de peso en su
"palabra". ¿Era Bilám -nos preguntamos- un hombre de palabra? Y si lo era,
¿cuánto valía la misma?
Rashí (Rabi
Shelomó Itzjaki) enseña al
respecto: "Aprendemos de la
respuesta de Bilám a los emisarios de Balak, que era un ser ambicioso y
codiciaba, por tanto, los bienes ajenos". ¿De dónde infiere Rashí esta
idea? Tal vez se apoye en la frase rabínica acuñada en el Tratado de
Principios (Pirké Avot). Cap.
5:19: "Todo aquel que posee estos tres
defectos es considerado discípulo de Bilám, el impío: la envidia, la
altivez y la ambición".
El Rabino Baruj Epstein de Pinsk, autor del libro Torá Temimá
(1860-1942)
reflexiona al respecto, y nos plantea: "...En el Tratado de
Principios
(Cap. 6:19), se relata acerca de una persona que le propuso a Rabi Iosef
ben Kisma abandonar su ciudad natal, que era 'una gran ciudad de Sabios y
Escribas', para ir a vivir a la ciudad que le proponía su interlocutor.
Rabi Iosi le respondió: 'Hijo mío, aunque me dieses toda la plata y el oro,
las piedras preciosas y perlas que hay en el mundo, no lo haría;
pues sólo
he de habitar en un lugar de Torá' ".
Existe, aparentemente, algo en común entre ambas respuestas: los
dos
advierten a sus respectivos interlocutores que, aunque les ofrezcan
fortunas cuantiosas y dinero "al por mayor", no habrá nada que desvíe sus
principios ni que pueda traicionar sus convicciones. Cabe entonces el
preguntarnos: ¿qué lleva a
Rashí en su comentario más
arriba citado, a
difamar a Bilam, el hechicero, deduciendo por su respuesta a los emisarios
del rey de Moab, que él era "Ambicioso y codiciaba cuanta riqueza tuviera
el prójimo"?
Nos responde el autor de Torá Temimá: "...Las
respuestas no son idénticas.
El hombre que se dirigió a Rabi Iosi ben Kisma, le ofreció -concretamente-
a cambio de su traslado una recompensa de 'mil denarios de oro y
piedras
preciosas y perlas', a lo que Rabi Iosi respondió tajantemente: 'aunque me
dieses toda la plata y el oro... no viviré sino en un lugar de Torá'. En
cambio los emisarios de Balak, rey de Moab, no le proponen a Bilam ninguna
recompensa concreta de 'plata, oro, piedras preciosas y perlas', sino que
le insinúan solamente: ...'Porque te honraré con grandes honores' (22:17).
¿Qué es
entonces, lo que llevó a Bilám
a responder ante los emisarios:
...'¡Aun cuando Balak me diere su casa llena de plata y
oro...!'?"
De aquí deduce Rashí, que Bilám no hacía otra cosa que codiciar
la fortuna
ajena y tenía puesta su mirada en ella todo el tiempo que analizó su
participación o no en dicho intento. Y más todavía, lo insinuó ante los
delegados del rey, al hacerlos pensar -por sus palabras- que "él, bien
valía todo el oro y la plata del mundo", tal como lo asevera el mismo
Rashí, al concluir su exégesis:
"...Dijo Bilám (para sus adentros): Sería adecuado y lógico
que Balak diese
toda su plata y su oro... pues debería contratar un numeroso ejército para
enfrentar a Israel... empero, aún así, está dudando de su
victoria; por lo
tanto, me está convocando a mí solo, pues yo, seguramente, venceré a los
israelitas..."
Bilám no era tan sólo un "buen profesional". De acuerdo a nuestros Sabios:
"Bilám haiá soné otam ioter
mi-Balak" (Midrash Tanjuma Balak, 5; Bemidbar
Rabá 20:8), es decir, para
ellos "Bilám odiaba al pueblo judío mucho más
que Balak mismo". Sólo que su odio tenía precio, y prestar sus servicios
era -por otra parte- una "orden emanada de la divinidad" con su respectiva
"autorización".
Balak y Bilám siguen andando juntos aún hoy en nuestro mundo. A
veces el
miedo y el odio se juntan. ¿El resultado? Está a la vista. Echemos un
vistazo a cuántas "causas justas" en las luchas de los pueblos -del medio
oriente en este caso- existen, y cuántas "contrataciones profesionales"
hay... El miedo y el odio cuando se "juntan", tienen un
"hijo": "Bilám",
"Be-Lo-AM" es decir, "sin pueblo", al decir de
nuestros Sabios en el
Midrash, el quedarnos sin aquello por lo cual luchamos, la desintegración,
el vacío.
Y eso tiene "su precio". Vaya si lo tiene. "Bilám
zé Labán" sostiene otra
fuente rabínica (Midrash Tanjuma Vaitzé, 13), que Bilám es Labán (el suegro
de Iaacob). Cada uno quiso "terminar" con los judíos de alguna forma. Se
quisieron quedar con todo. Con las "cosas" y con las almas. Se quedaron sin
nada. Ni siquiera con su propia ambición y codicia. Ni siquiera el recuerdo
de ellos mismos...