La idea de la reencarnación ha generado últimamente mucho
alboroto, a partir de explicaciones teológicas sobre el Holocausto
que expuso un importante rabino israelí. Opino que uno de los motivos
del escándalo fue la sorpresa. La mayoría de las personas, en
efecto, no relacionan la trasmigración de las almas con la civilización
de Israel, sino con las religiones orientales.
La metempsicosis (en hebreo guilgul) no forma parte del
judaísmo tradicional. La mayoría de los judíos nunca creyó en
ella. No figura en la Biblia hebrea ni en el Talmud, ni la exégesis
de Rashi ni la de Ibn Ezra o Abarbanel. Ni en los Tosafistas ni en la
Halajá. Fue refutada por los principales filósofos judíos desde Saádia
Gaón. La rechazaron explícitamente Ioséf Albo y Abraham bar Jía, e
implícitamente Iehudá Haleví y Maimónides.
La fuente de la idea de la reencarnación debe buscarse en la
filosofía hindú. De allí la tomaron los maniqueístas, y
probablemente de éstos la aprendieron los kabalistas, y así penetró
la doctrina esotérica en el judaísmo. Su primera mención data del
siglo XII en el sur de Francia, el místico libro Sefer Habahír.
Su inserción en el judaísmo es tardía, parcial y marginal.
La reencarnación es un intento no muy feliz de explicar la
teodicea, la justicia divina. Es parte de la búsqueda de en qué
medida podemos dotar a la vida de un marco de recompensa y castigo. Es
una expresión (aunque poco convincente) del dilema de la retribución
de justos y malvados. Esta pregunta ha ocupado a los judíos de todas
las generaciones, desde el profeta Jeremías (s. VII a.e.c.) hasta la
película de Woody Allen Crímenes y fechorías. Jeremías lo
había planteado en una pregunta de hierro: ¿Por qué el camino de
los malvados es de prosperidad? (Sinceramente, que sean malvados vaya
y pase, pero que al mismo tiempo sean felices en su impiedad es, y no
sólo desde el punto de vista filosófico, definitivamente
insoportable).
Hace casi dos mil años, un jovenzuelo recibió de su padre la
orden de subir al techo de su casa y bajar del nido algunos polluelos.
Un destacado rabino, Elisha ben Abuia, contemplaba impensadamente la
escena. El chico trepa obedientemente, y de este modo acata el quinto
mandamiento: "honrarás a tus padres". Además, el niño
cumple al mismo tiempo otro precepto bíblico, al dejar en libertad al
ave madre.
Elisha observa ahora más cuidadosamente, y su mente talmúdica le
permite verificar la observancia simultánea de dos normas muy
especiales. Son las dos únicas en toda la Torá en las que se nos
ofrece explícitamente una recompensa por obedecerlas: prolongar
nuestra vida.
Pero, oh tragedia, Elisha se ve obligado a interrumpir bruscamente
sus cavilaciones: el diligente niño ha tropezado. Se cae. Un golpe lo
mata instantáneamente. El rabino queda atónito. Las implicancias
filosóficas de lo que acaba de sucederle, son decisivas para el resto
de su vida. Elisha termina por rechazar la idea judaica de la
retribución divina. Consecuentemente abandona el judaísmo para
siempre, generando el rechazo de sus maestros y alumnos (a excepción
de su fiel Rabí Meir, con quien la amistad trascenderá para
siempre).
La narración aparece en el tratado talmúdico Julín.
Elisha es el hereje. No se sabe a ciencia cierta qué ideas lo
conquistaron. Tal vez el helenismo, quizá el dualismo o el hedonismo.
Otra alternativa es que Elisha se limitó a discontinuar la
observancia judaica. Despersonalizado por sus alumnos y colegas, pasa
a ser llamado Ajer, otro׃ uno de un cuarteto de eruditos
que se introducen en la filosofía esotérica, de la que Elisha no
resiste las preguntas últimas y termina por rechazar las creencias de
Israel.
Después de todo, estaba escrito: "Honra a tu padre y a tu
madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra" y estaba
escrito: "Ante un nido de pájaros con polluelos no tomarás a la
madre juntamente con los hijos; deberás soltar a la madre para que
prolongues tus días". Entonces ¿qué había acontecido? ¿Cómo
podía haber tenido lugar el evento macabro que acababa de presenciar?
El Talmud explica que, de haber conocido Elisha la interpretación
que al versículo diera su nieto, el Rabí Jacob Ben Korshani, quien
lo relacionó con una recompensa ultraterrena, no se habría separado
de su grey. Saadia Gaón (882-942), rector de la academia babilónica
de Sura e iniciador del racionalismo judío, comentó este singular
texto de otro modo: si un hijo honra a sus padres y los protege en su
ancianidad, inspirará con el ejemplo a sus propios hijos, quienes le
otorgarán así el privilegio de gozar de una larga vida.
Al margen de que nuestro apóstata haya conocido o no diversas exégesis
para el versículo en cuestión, la época en la que vivió no
necesitaba de malentendidos bíblicos para generar su escepticismo.
Ben Abúia fue testigo del fracaso de la rebelión de Bar Kojba contra
los romanos, y de la ola de humillaciones, torturas y destrucción que
fueron su consecuencia.
La tradición, sin embargo, nos remite a ese quinto mandamiento, el
de honrar a los padres, que es parte fundamental del Decálogo, el
breve código religioso que mayor influencia ha ejercido en la vida
moral de la sociedad humana.
Algunos ven en el Decálogo una reformulación del de Hamurabi
(sexto rey babilónico, en el siglo XVIII a.e.c.), aun cuando éste no
presenta ni rastros de la idea bíblica de santidad de la vida, ni de
las consideraciones que debe tenerse con pobres y necesitados, tan
características en la legislación mosaica.
Otros opinarán que la ley bíblica es la de una clase dominante,
ya que el "No robarás" puede ser entendido como una simple
protección para los ricos. (Del mismo modo, podríamos considerar
jocosamente, que los cerdos tuvieron gran injerencia en la redacción
de la Torá, puesto que se vieron muy favorecidos).
Por lo menos, aun para los no creyentes, es ecuménicamente
aceptado que la redacción del Decálogo fue obra de gente inteligentísima,
a la vanguardia de su época. Nuestra tradición, claro, va más lejos
y le atribuye origen divino.
El hecho es que nos encontramos frente a un pueblo que decide
limitar su propia libertad en aras de una sociedad mejor. Un grupo
humano que acepta para sí restricciones morales, en la fe de que esas
restricciones le permitirán cumplir con el propósito de la Creación
y hacer de éste un mundo más habitable. ¿Por qué preocuparse por
ser morales? ¿A la espera de qué retribución? ¿Acaso vale la pena
ser bueno?
Volvamos al profeta Jeremías. Su motivación para preguntarse por
la injusticia aparente de este mundo, fue haber protagonizado la
destrucción del primer Estado judío, a manos de los babilonios. Tal
vez por ello cuestionó acremente lo que fue siempre preocupación del
pensamiento judío: la realidad de la recompensa y del castigo. Elisha
ben Abúia también vivió una época de cataclismo. La del
derrumbamiento del segundo Estado.
El más allá, no muy indubitable en la tradición judía, fue a
veces una respuesta. Frente a él, Simón ben Azai, sabio de Tiberíades
del siglo II, afirma que la recompensa de una buena acción es una
buena acción, y que el castigo por una mala, es una mala. Comentando
ese texto, Ovadiá Bertinoro (1450-1516) explica que el premio
obtenido por una buena obra es, ni más ni menos, que la satisfacción
de haberla realizado.
Rodion Raskolnikov, un pobre estudiante de San Petersburgo,
asesina. Así se transforma en el protagonista de la inmortal novela
de Fedor Dostoievsky. El castigo de su crimen: los intensísimos
sentimientos de miedo, culpa, angustia y desesperanza que se desatan
en el hombre que ha hecho el mal. La maligna acción es pena de sí
misma.
Rabí Ianai (siglo III), responde crudamente a la pregunta de Jeremías:
"No podemos comprender ni la felicidad de los impíos ni
los sufrimientos de los justos". Todo el libro de Job en la
Biblia está dedicado al tema. Filósofos españoles del siglo XV,
como Jasdai Crescas o Josef Albo, quisieron incorporar la doctrina de
la recompensa y el castigo sobrenaturales a los dogmas de Israel. Teólogos
modernos explican la idea en forma no literal, o bien la atribuyen a
la sociedad como un todo y no a cada ser humano en particular.
La pregunta conturba. ¿Vale la pena ser moral? La convicción
judaica es que la retribución existe, pero que su manifestación en
el mundo no es evidente, no es tangible para la inteligencia o la
experiencia humana concreta.
Elisha no ve claramente la recompensa. El dócil muchachito muerto
ante sus ojos es, para el rabino, una trágica prueba de la injusticia
divina. Y, sin embargo, la retribución es parte de un todo de ideas y
sentimientos, de preguntas y de dudas, que en forma global resulta
oscuro para nuestro intelecto, junto con las verdades últimas del
Universo. Las dudas de Elisha son planteadas en términos modernos por
Milton Steinberg, quien transformó a Elisha en protagonista de una
hermosa novela. El rabino se siente allí como "una hoja
arrebatada por el viento" porque pierde "las tres cosas por
las que un hombre goza de felicidad: la persona a quien ama y que a su
vez lo ama, confianza en sus propios méritos y en la continuidad del
grupo del que forma parte, y por último, una verdad por la que pueda
guiar su vida".
Para el pueblo judío, esta última virtud es permanente. Jamás se
pierde; no puede renunciarse a ella. Hay una verdad que, sin
excepciones, nos permite guiar nuestra vida.
La Alianza en el Sinaí, la Revelación divina a Israel, es el
comienzo de la legislación de un pueblo que se puso límites para
llegar a la creación de una sociedad más humana, menos violenta.
Porque aparentemente descubrió que, si hay algo que vale la pena, es
eso.