Afinidad hacia las Mitzvot
Rav
Shlomo Aviner
Un
joven me dijo: ‘No siento afinidad alguna hacia las Mitzvot ni la Tfilá’.
Le respondí: ‘Yo tampoco’. Una joven a su vez me dijo: ‘No siento
afinidad alguna hacia las Mitzvot ni los vestidos largos’. Le respondí del
mismo modo.
Este
fenómeno es una nueva invención que proviene del siglo pasado: si siento una
afinidad especial hacia un precepto, entonces merece ser aceptado. Si no, es
como si no hubiese nunca existido, ni siquiera en tanto que leyenda. Pero, ¿dónde
está escrito en la Torá que sentir afinidad es una precondición absoluta?
Sin
embargo, ¿acaso una persona de nuestro nivel puede decir que siente una
proximidad a la Mitzvá? El Arí (Rabí Itzjak Ashkenazi) sin duda sentía una
afinidad hacia cada mitzvá y detalle, porque a través de su enorme
inteligencia y espíritu profético conocía la luz interna escondida en cada
precepto, la luz escondida en el espíritu de Israel. Por estos medios logró
comprender la correspondencia extraordinaria y elevada que existe entre cada
detalle de los preceptos y cada rasgo fino del espíritu. Cada vez que cumplía
un precepto, veía ante sí una boda extraordinaria, una especie de enlace
supremo.
Pero
nosotros, no nos encontramos en ese nivel espiritual. Difícilmente comprendemos
el contenido espiritual general de cada mitzvá y, por supuesto, tampoco
percibimos la luz divina que se esconde en cada uno de sus detalles. Por lo
tanto, el argumento que no hay que cumplir un precepto si no sentimos un vínculo
especial, significa cerrar las puertas a casi todas las mitzvot de nuestra
sagrada Torá.
Tampoco
es válido el argumento empleado por los jóvenes: “Me siento cercano a D’s.
¡Con este sentimiento alcanza y no necesito tanto las mitzvot!”. Si quiero a
D’s, debo cumplir sus preceptos. El amor a D’s no es simplemente una
experiencia espiritual y abstracta de placer; sino que el amor a D’s implica
el cumplimiento de la voluntad divina. “‘Ama
a D’s, tu Señor con todo tu corazón’ (Dvarim,
6:6) - con tus dos instintos, el instinto [‘ietzer’] del bien y con el instinto del mal” (Brajot, 54a).
A
veces, el instinto del bien atrae, entonces el acto de cumplir los preceptos es
realmente agradable. Pero, otras, es el instinto del mal que atrae. Nos seduce
diciendo: “ven, es agradable pecar”. ¡No hay que escucharle! Y esto, en
efecto, es difícil de cumplir.
El
Tratado de Brajot prosigue: “con todo tu
espíritu - mismo si te quita el espíritu” (Brajot
54b). Te pueden amenazar diciendo: “Si no te conviertes, te quemaremos en
fuego”. La respuesta de uno puede ser: “No quiero ser quemado…. Estos son
terribles sufrimientos…. Me gusta la vida.” Pero no debemos reaccionar así:
“Por el amor a D’s debo estar dispuesto a renunciar incluso a la vida.”
El
Talmud concluye: “con todas tus fuerzas
[‘meodeja’] - significa “con todas tus riquezas [‘mamoneja’]” (Ibid). Las mitzvot
cuestan dinero. A veces, para no hacer una transgresión se pierde mucho dinero
(Shuljan Aruj, Oraj Jaim, 656:1). El
hombre ama a su riqueza. El Talmud dice: “Hay
personas que aprecian más a su dinero que a su cuerpo” (Brajot,
61b). Sin embargo, deben estar dispuestos a renunciar.
Nadie
siente una proximidad con el hecho de renunciar a los placeres que ofrece el
instinto del mal, ni con la pérdida de su dinero ni de su vida. Sin embargo,
dado que ama a D’s, hace la voluntad divina con felicidad. Él cree que las
Mitzvot son buenas para él y no son simplemente órdenes de un déspota. Pero
él no siempre comprende ni siempre siente. La mayoría de veces, no sabe
siquiera el significado de los preceptos. El rey Shlomó conocía el significado
de todos los preceptos y probaba el dulce sabor de cada uno de ellos, excepto la
mitzvá de la “Pará Adumá” ((la ‘vaca roja’). Moshé Rabeinu, por su
parte, probó incluso el sabor de la mitzvá de la “Pará Adumá”. Sin
embargo, nosotros no somos el rey Shlomó y mucho menos Moshé Rabeinu. No
degustamos estas cosas.
Hemos
aprendido que “debemos servir a D’s con felicidad” (Rambam,
al final de Hiljot Sucá Velulav) y efectivamente es una felicidad realizar
la voluntad de D’s (Maguid Mishna, Ibid).
Es la mayor alegría del mundo, no importa si la mitzvá nos agrada o no, puesto
que debemos encontrarla atractiva por el hecho mismo de ser la voluntad de
D’s.
Debemos
sentir un amor total por las mitzvot. Debemos amar a todas y este amor no
comienza por una mitzvá específica o por otra. Este amor es similar a una
madre que se ocupa con amor de su bebé, de sus manos y pies, de su nariz y de
sus orejas. Esto no significa que está enamorada de esa mano por ser
extraordinaria y especial, y de una oreja porque jamás vio en el mundo una
igual. Sino el amor a su bebé la lleva a amar todo en él.
Asimismo,
nosotros amamos a toda la Torá, todas las mitzvot y sentimos un vínculo hacia
ellas. Este tampoco es necesariamente un amor romántico. El Netziv (Rabí
Naftali Tzvi Yehuda Berlín) de Volozhin, en una de sus Responsas (Meshiv Davar, I: 44) explica que existen dos niveles en el amor a
D’s: hay un nivel de todos los hombres y otro que alcanzaban tan sólo justos
eminentes. El nivel de todos los hombres corresponde a lo que hemos mencionado
anteriormente - el deseo de cumplir mitzvot incluso a pesar de las tentaciones
del instinto del mal y de la posibilidad de perder la vida o los bienes. Judíos
simples han cumplido, cumplen y cumplirán esto en todas las generaciones. Pero
existe un amor de justos eminentes, llamado en alemán “liebe”, en inglés
“love” y en español “amor”. Estas personas están enamoradas de D’s,
piensan en él día y noche; están enfermos de amor a D’s, como lo define el
Rambam: “que ame a D’s con un gran amor, hasta que su espíritu esté ligado
al amor a D’s, como si estuviera enfermo de amor, sin pensar en otra cosa.
Como estar enamorado de una mujer en la que piensa constantemente, cuando se
acuesta o se levanta y cuando come o bebe. Nuestro amor a D’s debe ser aún más
grande que esto” (Hiljot Tshuva, 10:3).
Esta es una música que no se puede terminar. Este es el nivel de los justos y no de un hombre que no vive en una situación permanente de gran emoción.
En la Torá no aparece mención alguna al sentir un “vínculo” hacia las mitzvot. Este es un concepto dictado por una perspectiva individualista en la cual el individuo afirma: “Lo que me interesa no es D’s sino yo mismo. Me interesa sentirme bien y no estoy contra las mitzvot. Pero si, por ejemplo, me es agradable ahora rezar, lo haré. Y si me es agradable ahora ir con vestido largo, lo haré…. El ideal de toda mi vida es uno: yo - que yo sienta afinidad hacia lo que hago.”
Parafraseando el salmo (en Tehilim, 16:8): “Me he puesto siempre delante de mí…” - y no a D’s. Si para mi es agradable sentirme unido a D’s lo haré, es una experiencia extraordinaria, elevada. Si la plegaria es una experiencia de cánticos emocionantes, participaré. Si no, prefiero tomar mi grabador y escuchar rock pesado.” Ante un joven que piensa así, no podemos decir que está unido a D’s. El vínculo hacia D’s significa la renuncia al propio ser ante la divinidad, es una situación espiritual en la cual el hombre tiene en su mundo una sola cosa: el Todopoderoso. Por D’s está dispuesto a anular su voluntad y pensamiento, su fuerza y personalidad, su intelecto y sentimiento. Esto es la anulación del sí “para ser absorbido en el cuerpo del rey ” (Orot Hakodesh, 3:30). Quien alcanza este nivel está sin duda feliz de cumplir los preceptos divinos, sean difíciles o fáciles para él. Esa persona sirve a D’s con felicidad, como dijo el Rambam: “El hombre debe alegrarse por el cumplimiento de las mitzvot y el amor a D’s” (final de Hiljot Sucá Velulav). Él ama a D’s y por lo tanto está feliz de cumplir Sus mitzvot, mismo si son difíciles. A veces, las mitzvot son difíciles, como por ejemplo, la inmersión ritual en agua helada o pedir perdón a un amigo insultado, incluso ayunar en Tishá de Av. Enrolarse en el ejército y luchar en una unidad combatiente con heroísmo es difícil. A pesar de todo, el hombre es feliz y ¿por qué? Porque hace la voluntad de D’s.
Pero si se siente feliz porque “él” siente un “vínculo” con D’s, entonces, el ideal de su vida es él mismo. Es un individualista y egoísta. Pero, ¿acaso el hombre no puede pensar en sí mismo? Evidentemente, uno puede preocuparse de sí. Nuestra filosofía de vida debe ser el camino del medio (Rambam, Hiljot Deot I): parte de nuestra vida nos dedicamos a D’s y parte a nosotros mismos. Parte de nuestra vida nos preocupamos de nuestra comodidad, honor y placer - claro está, los placeres permitidos. Esto no tiene nada de malo: éste es el camino del medio, no el extremismo de la persona que está dedicada completamente a su propio placer, ni el extremo contrario de la persona que está totalmente dedicada a D’s, sino “la mitad a D’s y la otra para uno mismo”.
Obviamente existen también excepciones a la regla, las personas para quienes la dedicación absoluta a D’s es toda la felicidad de su vida. Pero este es un nivel superior de ascetismo y santidad que no es común a todos los hombres (Orot Hakodesh, III, 267). Pero todo individuo tiene el derecho de abrirse camino en la vida, cuando parte está dedicado a sí - por supuesto, dentro de lo permitido y en forma honesta - y parte a D’s. Empero, la parte que está dedicada a D’s debe estar ¡realmente dedicada a D’s! Es como un padre que le dice a su hijo: “Por favor, no me interrumpas ahora. Necesito tiempo para mi y para mi trabajo. Más tarde, durante una hora seré todo tuyo durante una hora.” Pero si entonces, durante esa hora responde a un llamado telefónico ya no está dedicado por completo a su hijo.
De este modo, parte de tu vida te pertenece, ¡disfrútala! Come comida sabrosa y kasher; escucha música buena y pura. Pero la parte que es para D’s ¡debe ser sólo para D’s! En la parte dedicada a D’s en nuestra vida servimos a D’s, cumplimos las mitzvot si comprendemos o no todos los detalles. En cuanto a aquel joven que no siente una atracción a la Tfilá - ¿acaso cree que es posible proseguir sin rezar? ¿que la vida sin Tfilá puede ser tal? ¡Por supuesto que no! En términos generales, está de acuerdo en que hay que rezar; sólo últimamente siente que no se siente “unido” a ella. Pero debemos saber que siempre hay altos y bajos en nuestras emociones, en el estado de ánimo y de voluntad. La joven mencionada no duda acerca de la importancia de la Tzniut (el recato), sino que no siente un vínculo con ese detalle.
Por el contrario, si rezas con dedicación, sintiendo un vínculo o no, a partir del amor a D’s y el deseo de hacer su voluntad, entonces podrás sentir el placer extraordinario de la plegaria. Si vistes un vestido largo que te cubre completamente, verás de qué modo en el curso del tiempo sentirás el placer extraordinario de la pureza, y toda exposición de parte de tu cuerpo te será extraño.
El realizar la voluntad de D’s con sinceridad es agradable para nuestra vida. Podemos ver con nuestros propios ojos que nuestra Torá sagrada es verdadera y que las mitzvot son para nuestro bien. Pero ese bien y bienestar no son gratuitos. Son el fruto de mucho trabajo y esfuerzo. Este placer superior de unirnos a D’s en cada una de las mitzvot, no es mencionado en el primer capítulo de Mesilat Iesharim. Es algo muy precioso por el que debemos pagar y se alcanza sólo en el capítulo 19 sobre la santidad. Las grandes cosas no son baratas.
Nuestro punto de partida debe ser el amor a D’s: “con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dvarim, 6:5), a través del amor a D’s aceptamos el yugo de las mitzvot con amor (Mishná Brajot, 2:2). Ciertamente, no somos libres de abandonar ese yugo, pero es un yugo querido.