3. SALOMÓN Y LA SABIDURÍA
Nuestra elección del rey Salomón para este capítulo debe explicarse, ya que no nos encontramos frente a un arquetipo de pensador.
A este rey se le atribuye la autoría de la literatura sapiencial en la Biblia, específicamente de los libros de Proverbios y Eclesiastés, por lo que de modo didáctico podríamos sintetizar en él la primera parte del encuentro helénico-hebreo, aun cuando la influencia helenista en el judaísmo se haya galvanizado sólo unos ocho siglos después de Salomón.
Éste rigió el reino unificado de Israel durante cuatro décadas del siglo X a.e.c. Fue el segundo hijo del rey David y de Batsheba. La literatura judeocristiana, y también la islámica, lo presentan como el más sabio de los hombres. Fue el constructor del celebérrimo Templo de Jerusalén, cuya edificación demoró siete años.
Los primeros cuarenta versículos del libro de Reyes enseñan acerca de él y sus dominios, en comarcas desde Egipto al Éufrates. Gran administrador, había logrado mantener intacto el reino, ejerciendo el comercio con varias naciones, lo que también aportó intercambios culturales que generaron en Israel una activa creación literaria. Fue aliado del rey fenicio de Tiro, Hiram, que contribuyó con materiales para el templo.
Podemos personificar en Salomón las confluencias culturales de los judíos con el mundo circundante, las cuales ulteriormente llegaron a su pináculo en el encuentro con Grecia, sobre el que nos extenderemos en el quinto capítulo. Ya hemos sintetizado el nacimiento del pensamiento en Grecia, y el de la fe en Israel, y se aludió a los contactos de los hebreos con el mundo pagano en sus primeras etapas: babilonios, ugaríticos, canaaneos, egipcios. El gran contacto subsiguiente es precisamente con los griegos, quienes constituyen de algún modo la cúspide del paganismo.
El primer pueblo que filosofa, se da cita con el primero que cree. Dos naciones y sendos roles en el devenir humano, que vienen a rozarse en una encrucijada histórica. Salomón obviamente no fue el protagonista, ya que es muy anterior. Pero la percepción que de él tiene la tradición, como autor de la literatura sapiencial hebrea, le permite representar cómodamente la combinación de fe y pensamiento.
EL ENCUENTRO EN ALEJANDRÍA
Grecia es lo helénico. Como su maestro Aristóteles, Alejandro Magno era de Macedonia. Fue probablemente el máximo conquistador habido. Vencedor de los persas, al destronar este imperio pudo unir la civilización griega desde Egipto hasta la India. Los tres reinos helenistas en los que la lengua y cultura griegas prevalecieron, fueron Macedonia, Siria y Egipto.
Cuando Alejandro murió en el 323 a.e.c., sus herederos dividieron el imperio en el Ptolomaico al sur, con capital en Alejandría, y el Seléucida al norte, con capital en Antioquía.
El helenismo constituyó el empalme de lo helénico con los pueblos conquistados, la simbiosis de lo griego con las culturas de las naciones derrotadas.
Prevaleció por tres siglos, que van desde la extensión del imperio obra de Alejandro, hasta la época romana. El helenismo es efecto de conquistas, fundió las fronteras entre los pueblos, y por ende generó un clima de sincretismo, es decir de fusión de las ideas religiosas dominantes en una sola. Las religiones nacionales fueron disueltas con sus culturas en un gran horno de ideas religiosas, filosóficas y científicas. Se produjo en los pueblos sometidos vacilaciones e incertidumbre acerca de su propia filosofía de vida; el helenismo generó que “el mundo hubiera envejecido”. Caracterizaron a la Edad Antigua tardía, la duda religiosa, la disolución cultural y el pesimismo.
El papel de la mentada ciudad de Alejandría fue primordial en el encuentro entre Este y Oeste. Fue el centro de la ciencia, de la matemática, astronomía, medicina y biología antiguas.
Según la historia de Josefo Flavio, Alejandro Magno habría tenido una actitud favorable hacia los judíos. Éstos pudieron construir sus propios barrios en la ciudad, en la que desarrollaron el comercio y prosperaron. Alejandría era una segunda Atenas, capital comercial e intelectual del mundo antiguo.
Cuando murió Alejandro, en la Eretz Israel helenista comenzó un período de inestabilidad que provocó deportaciones de judíos; emigraban especialmente a Alejandría.
El primer rey helenista de Egipto fue Ptolomeo Lagos Soter, quien reinó entre el 322 y el 285 a.e.c., conquistó Jerusalén y llevó a miles de prisioneros judíos y samaritanos a Egipto. Aquí había hebreos desde la destrucción del Primer Templo (lo menciona Jeremías en 44:1) pero ahora la poblacíon judía crecía notablemente, y a comienzos de la era común los cien mil judíos establecidos en Alejandría constituían casi la mitad de la población. (La población judía mundial era de cuatro millones, un millón de los cuales residía en Eretz Israel).
En consecuencia, Egipto se transformó tanto en el corazón de la Diáspora judía, como en lo más avanzado de la helenización fuera de Grecia. Y no se sustrajo a la norma del mundo pagano, que en general fue muy tolerante en materia de diversidad religiosa. Después de todo, si cada familia veneraba a sus muchos dioses, qué mal podía haber en dioses adicionales que cada uno eligiera. Esa atmósfera tolerante, típicamente pagana, permitió a los judíos practicar libremente su monoteísmo.
El dinamismo de la ciudad y su comercio produjeron un gigantesco puerto, y el consecuente faro de más de 130 metros de altura que constiituyó una de las siete maravillas del mundo antiguo.
Durante el reinado del mentado Ptolomeo Lagos Soter, se fundó la Biblioteca de Alejandría, cuyo primer bibliotecario fue Demetrio de Falero. La celebérrima institución llegó a albergar medio millón de volúmenes, la colección más importante previa a la invención de la imprenta. Floreció durante casi mil años hasta que los árabes conquistaron Alejandría en el año 646, y Omar Inb-el-As la hizo incendiar en la convicción de que los libros que reiteraran el mensaje del Corán eran superfluos, y los que agregaran datos extracoránicos eran heréticos.
Demetrio era de distinta cepa: solicitó al rey que consiguiera para sus anaqueles el famoso libro de los judíos, la Torá, y la hiciera traducir al griego.
Ptolomeo Lagos decidió predisponer favorablemente a los judíos, liberó a miles de ellos que se hallaban prisioneros, y envió regalos al Sumo Sacerdote de Jerusalén, Eleazar Ha-Kohen. La delegación visitante incluía a Aristeas, cuya epístola es la única fuente que narra lo sucedido.
La Carta de Aristeas, parcialmente legendaria, está dirigida a su amigo Filócrates, quien era funcionario griego en la corte del rey sucesor, Ptolomeo Filadelfos. La delegación que llegó a Jerusalén fue recibida con gran algarabía y solicitaron a Eleazar que se designara seis sabios por tribu para proceder a traducir la Torá. Así es que setenta y dos sabios judíos partieron a Alejandría con el obsequio de una Torá con letras de oro.
El rey Ptolomeo Lagos ubicó a los sabios en la isla del Faro durante setenta y dos días, y cuando se hubo concluído la traducción, el bibliotecario Demetrio leyó el texto griego a los judíos. La traducción se denominó precisamente “de los setenta” o Septuaginta. Compuesta antes del año 300 a.e.c., marcó un encuentro frontal entre el mundo griego y el judío. Los helenistas que leyeran la Torá podrían cuestionarla. Así se cruzaron las dos civilizaciones en la que se basa la moderna Occidental. La expresión literaria de ese cruce fue la literatura bíblica sapiencial, que como dijimos la tradición atribuye a Salomón. De los otros géneros bíblicos, hay uno solo que es privativo judío. De entre todos los pueblos de la antigüedad, sólo Israel creó la literatura profética, cuya cima fue alcanzada por Isaías el hijo de Amotz.