8. MAIMÓNIDES Y EL RACIONALISMO

 

 De un padre talmudista, astrónomo y matemático, Maimónides nació en 1135 en Córdoba, España, y cerca de la edad del Bar Mitzvá fue testigo de la invasión de los almohades que llegaban de Noráfrica para imponer el Islam.

Los judíos de Córdoba se vieron obligados a emigrar y, después de andanzas, la familia de Maimónides arribó a Fez en Marruecos, con el objeto de que el joven Moisés aprendiera Torá del erudito Yehuda Hacohen ibn Shushan.

A los veinticinco años continúa en Fez instruyéndose y escribiendo sus proverbiales comentarios sobre la Mishná, que aún son objeto de constante estudio.

Su maestro fue asesinado cuando se negó a convertirse al Islam. Maimónides redacta en Fez la epístola Igueret Hashmad sobre el tema de las conversiones forzadas que padecían los judíos. En 1165 huye la familia de Maimónides y llega a Acre en Israel. Recorrió el desolado país, y partió a Egipto, primero a Alejandría y poco después a Fostat (El Cairo antigua) donde se estableció definitivamente.

Su hermano David comerciaba piedras preciosas y sostenía los estudios de Maimónides. En 1168 terminó sus comentarios a la Mishná y, a causa del fallecimiento de su hermano en un naufragio, Maimónides busca sustento en la medicina. Su fama lo lleva a ser designado médico de la corte de Saladino, en particular de su hijo mayor, el  visir al-Fadil. En esa etapa comienza su período más fructífero. Su único hijo, Abraham, también fue filósofo, con inclinaciones sufíes.

Maimónides fue un auténtico polígrafo que legó tratados desde de lógica hasta  acerca de mordeduras de serpientes, los venenos y sus antídotos. Además de un vasto epistolario sobre temas halájicos y la cabal explicación de la Mishná, escribió un compendio enciclopédico de ley judía en hebreo, en catorce tomos, que se titula Mishné Torá (Reiteración de la Ley). Éste constituye el primer código de halajá, en donde clasificó todas las facetas legales del Talmud, de la responsa, y de la costumbre aceptada. Su éxito fue rotundo y se reeditó muchas veces, ya que ponía de manera simple la ley judía al servicio de sus observantes. Incluye secciones sobre medicina, metafísica, astronomía y ciencias, y una extensa dilucidación acerca del Mesías.

Por el tema de nuestro libro, pasaremos a destacar de Maimónides la obra filosófica, el Moré Hanebujim o Guía de los Perplejos (1190), una de cuyas versiones al castellano, la de León Dujovne de 1955, lleva un prólogo ilustrativo.

El libro, en tres tomos, está escrito en árabe como una carta a su discípulo Iosé ben Iehudá de Ceuta. En él, Maimónides reconoce al judío “perplejo”: uno que, al conocer las enseñanzas de la filosofía, debe reubicarse con respecto a la tradición de Israel.

Para Maimónides, no había contradicción. Los principios del judaísmo y los de la ciencia eran los mismos. La Torá es racional, como lo es el universo. Una y otro son revelaciones del mismo Dios que apela a nuestra razón para entender la ley rabínica y la naturaleza. Se fundamentó expresamente en Aristóteles, fue fiel al racionalismo, y rechazó la corriente mística.

El libro es el fruto de una década de su trabajo intelectual. En la primera de las tres partes analiza términos bíblicos centrales y se detiene en las alegorías y su significado. Explica metafóricamente los aparentes antropomorfismos en los que cae el lenguaje bíblico.

Él mismo aclara a qué “perplejo” tiene en mente: “a quien ha estudiado filosofía pero que, creyente en la religión, está confundido acerca de su sentido, respecto del cual dejan incertidumbre los nombres oscuros y las alegorías”. Así, de Dios la “imagen” (tselem) significa Su intelecto, y el “trono” Su grandeza. Nunca cuestiones físicas.

Maimónides se explaya sobre los nombres de Dios y Sus atributos, y analiza los postulados de los filósofos motecálimes. El único modo racional de describir a Dios, es por vía negativa, es decir: no podemos comprender lo que Es, y por ello los atributos divinos son eminentemente negativos. Nada puede enunciarse con certeza respecto de Dios, y por ello deben utilizarse aseveraciones acerca de lo que Dios no es.

En el segundo tomo expone sobre las pruebas de la existencia de Dios y sobre el significado de la profecía, que Maimónides ubica dentro del género del sueño. El tercer tomo se extiende esencialmente acerca de cuál es el fin de la Creación, de los preceptos religiosos, y de la providencia.

Trata, en suma, de la naturaleza de Dios y la creación, el libre albedrío, el bien y el mal. Entre otros temas, Maimónides enumera las cinco facultades del alma: la fuerza vital, los sentidos, la imaginación, el apetito (pasiones y voluntad) y finalmente la  razón, de la que dependen tanto la libertad como el entendimiento, que es la virtud que distingue al hombre de los otros seres.

El libre albedrío del ser humano es una función de la inteligencia, y el intelecto, la forma del alma humana, es inmortal. El hombre debe encaminar todos sus actos a obtener la perfección suprema de la facultad del entendimiento mediante el conocimiento de Dios: conocer y amar a Dios es el fin último de la vida.

La influencia de Maimónides no podría sobredimensionarse. Es el filósofo judío por antonomasia, pero su influencia se extendió más allá del pensamiento hebreo. Sus razonamientos fueron recogidos por Tomás de Aquino, el máximo exponente de la escolástica cristiana y, en la época moderna, un discípulo de Kant fue el puente por el que la influencia maimonídea penetró en el pensamiento europeo de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX.

Este kantiano adoptó en homenaje a Maimónides el nombre de Salomón Maimon, y en su autobiografía de 1792, expuso los principios básicos del Moré.  Hablaremos más de Salomón Maimon en el último capítulo.

Los estudios sobre Maimónides son tan vastos, que se han detenido también en algunas citas que despertaron la curiosidad de los comentaristas. Por ejemplo en el capítulo octavo del segundo tomo del Moré hay un dato insólito. Habla de  la entonces difundida creencia de que el movimiento de las esferas celestes provoca un ruido pavoroso.

Maimónides aclara que esta creencia circulaba también entre los judíos, y seguramente para ello tenía en cuenta que el Talmud declara: “tres voces retumban de un extremo a otro del mundo: la esfera del sol, el tumulto de Roma y el alma que se separa del cuerpo” (Ioma 20b). Aristóteles, por su parte, rechaza en su tratado Del Cielo que los astros hagan ruido. Maimónides sentencia: "sobre asuntos astronómicos, los rabinos se someten a la opinión de los sabios de las naciones… Dicen Y los sabios de las naciones del mundo vencieron." Algunos autores (como Azaria de Rossi) expresaron sorpresa ante esta cita de Maimónides, que de hecho no se encuentra en ningún manuscrito del Talmud. Pero otros la recogieron y la citaron sin revisar la fuente.

Muchas de las ideas de Maimónides fueron metódicamente cuestionadas en la Edad Media, especialmente por su coetáneo francés el Rabad, Abraham Ben David de  Posquières, y por quien fuera su admirador y crítico, Najmánides.

Este último rechaza de plano que los sacrificios de animales tuvieran en la Biblia, como enseñó Maimónides, el valor didáctico de eliminar paulatinamente el paganismo. Para Najmánides el valor de los sacrificios debe ser aceptado como el de todos los preceptos bíblicos, en su carácter de universal y eterno.

También disiente Najmánides en que el idioma hebreo tuviera un vocabulario intrínseco que lo hiciera sagrado, según sostiene Maimónides.  

En general, el Moré generó una estrepitosa polémica que perduró por varios siglos y que despertó pasiones encontradas: cuáles deberían ser los límites impuestos al  estudio secular, para que el judío creyente no sea víctima de la “perplejidad” filosófica. La controversia llegó en un momento a la quema de sus libros. Hubo rabinos alarmados por el hecho de que el estudio filosófico pudiera alejar al judío del cumplimiento de los preceptos bíblicos.

En realidad, los escritos maimonídeos son una presentación del judaísmo como la religión de la razón, un esfuerzo similar al que en tiempos modernos hiciera Hermann Cohen en La religión de la razón desde las fuentes del judaísmo (1917), cuya versión española fue publicada el año pasado. Mientras para Cohen el arquetipo filosófico compatible con la teología judía fue Kant, para Maimónides había sido Aristóteles.

El Moré muestra  que la fe pura y el pensamiento lógico coinciden perfectamente entre sí. Ambos reconocen que existe un solo Dios del cual proviene la creación y ambos aspiran a elevar al hombre al más completo perfeccionamiento. 

 

 

JOB DESDE MAIMÓNIDES

 

En el tercer capítulo dijimos que la Guía de Maimónides es el texto clásico que ha transformado a Job en una joya de la filosofía. En general, aceptamos que el Moré es un libro muy difícil de entender, en parte por el mismo intento de su autor, quien se impuso un lenguaje ambivalente para no banalizar el rigor filosófico ante el gran público. Pero de los alrededor de cien capítulos del Moré, los que explican a Job (3:22-23) son aun más arduos. Un versículo de Job que habría pasado casi inadvertido para el lector, perdido en el capítulo 33, cobra en Maimónides, como veremos, una importancia trascendental. Su explicación de Job es la aplicación concreta del método maimonídeo, y nos servirá de ejemplo para entenderlo mejor.

Lo primero que indaga el Moré es el nombre de Utz, el supuesto lugar de procedencia de Job, del que Maimónides deduce la raíz hebrea aconsejar, que   insinúa un libro para debatir, para tomar consejo.

Maimónides nota sorprendido que "a Job no se le atribuye ciencia, no se lo llama hombre de sabiduría, o inteligente, o sabio", sino al contrario, sólo se le atribuyen costumbres excelentes y rectitud en las acciones. En efecto, si hubiese tenido sabiduría, “su situación nada de oscuro le habría ofrecido". Por ser un individuo ético, pero no un filósofo, Job no entiende por qué sufre.

El primer concepto que Maimónides nos aclara es el de Satán, que viene de la raíz hebrea apartarse. De este modo queda justificada la máxima de Rabí Shimón Ben Lakish, quien agrupa en el Talmud al "Satán, la mala pendiente y el ángel de la muerte". Apartarse, decaer y morir, están en un mismo plano: verse privado de las necesidades reales.

Como la privación (representada en Satán) es inherente a la materia, Satán es una finalidad directa de la creación, puesto que de la privación derivan el nacimiento y la corrupción. Por ello descubre genialmente Maimónides que el verbo lehitiatzev, "presentarse (ante Dios)", está repetido en cada caso en que se presentan los hijos de Dios, y en el caso de Satán se menciona una sola vez  aunque haya venido más de una vez. La "presentación” de Satán es debida a la privación.

A continuación, Maimónides traza un cuadro de cómo cada uno de los personajes del libro de Job personifica una opinión distinta acerca de la providencia divina. Las opiniones coinciden todas en que existen la omnisciencia y la justicia de Dios, pero difieren sobre cómo es la providencia. La clasificación de las cuatro opiniones esgrimidas es la siguiente:

 

1) Aristóteles está representado por Job;

2) Los rabíes, por Elifaz;

3) Las dos variantes de los motecálimes,

respectivamente por Bildad y Tsofar;

4) El propio Maimónides, es Elihú.

 

La opinión aristotélica es que lo que le ocurre a Job prueba que "el hombre virtuoso y el impío son iguales ante Dios, Quien desprecia a la especie humana y la abandona”. Dice Job: "Es la misma cosa: destruye al hombre íntegro y al impío” (9:22).

La segunda opinión, la rabínica, es que Job es castigado por sus errores. Así lo expresa Elifaz: "¿No es grande tu impiedad? ¿No son sin fin tus iniquidades?” (22:5).

Maimónides aclara que si bien los rabíes critican a Job ("polvo sea sobre su boca"), entienden empero que Job no acceda a la comprensión del tema ("el hombre no es responsable cuando sufre").

La opinión que sigue combina a las dos del Khalam. La primera rama se circunscribe a la teoría de la compensación, que es el caso de los motazales, representados por Bildad: "Si eres puro y justo, haré prosperar tu morada” (8:6). En el plano general, el mal será compensado por el bien, aunque se nos escapen los pormenores del sendero.

La segunda es la de la inescrutabilidad, que es el caso de los aharíes, representados por Tsofar: "¿Puedes encontrar el impenetrable secreto de la divinidad?” (11:6). Resulta imposible entender la presencia del mal.

Finalmente, la opinión que se esgrime es la de Maimónides mismo, quien se centra en un versículo marginal del libro.

 

Kol ele ifal El, paamaim shalosh im guever (33:29)

Dios actúa dos o tres veces para con el hombre

 

Aunque pareciera que Elihú no añade nada a las ponencias ya vertidas, se dice de él que sobrepasaba en ciencia a sus ancianos predecesores. Cuesta reconocer a primera vista en qué encuentra Maimónides la superioridad intelectual de Elihú. Éste no parece agregar idea alguna, y si lo hace, obra por medio de oscuridades. La que Maimónides rescata es la alegoría de la intercesión de un ángel:

 

"Si Dios tiene un ángel que intercede por el hombre...

  lo hace dos o tres veces” (33:23,29).

 

En principio, se admite una intercesión divina en el caso en que la vida de un hombre esté bajo riesgo, verbigracia si está mortalmente enfermo. La providencia angelical  le permitirá restablecerse. La intervención divina es similar a la profecía: sólo el ser humano es objeto de la providencia particular de la Divinidad.

Pero "esto no puede continuar siempre, no puede haber intercesión continua, ininterrumpida, sino sólo dos o tres veces". Como la profecía, el auxilio divino y constituye una iluminación repentina, y se produce contadas veces.

Es exigua porque el ser humano está mayormente librado a la protección de su raciocinio que lo acompaña permanentemente. El hombre es depositario de la razón.

Precisamente Maimónides despliega la razón en toda su plenitud, a fin de explicar la fe del judaísmo que coadyuvó en consolidar. La máxima perfección a la que aspiraba era la intelectual, ya que el resto de las perfecciones no son independientes, sino que se dan en relación al prójimo.

Sólo la perfección intelectual trasciende la moral, y le permite al hombre superarse solo, elevarse a las verdades divinas de un modo que depende exclusivamente de sí mismo.