Gentileza
de Tora Mitzion, Montevideo, Uruguay
Mi
madre era hija de un simple sastre judío y, ¿con quién se casa la hija de un
sastre? Pues, con otro sastre. Empero mi madre, que tenía una gran alma, le
dijo a mi abuelo el sastre: es más cómodo para mí no casarme - tal como lo
expresa la Gmará, “Es más cómodo para el hombre que no hubiera sido
creado”- , antes
que casarme con cualquiera. Yo deseo contraer matrimonio con un individuo
reconocido y respetado e inmerso en el estudio de la Torá”. Esto causó risa
en mi abuelo: ¿quién se casaría con la hija de un sastre?. “No tienes
dinero, no tienes nada”, me dijo.
Pero mi madre, muy segura de lo que quería, dijo: “yo no me caso”.
En
cuanto a mi papá, él se casó y tuvo dos hijos, pero lamentablemente su esposa
murió. Cierta
vez vino a dar una clase al pueblo en el que vivía mi madre. Mi padre dictó su
shiur en Shabat y obviamente llegaron muchísimos
judíos a escucharlo, entre los cuales estaba mi madre. Luego de la
comida del Shabat, ella le dijo a mi abuelo: “Hazme un favor, yo sé que el
Rav es viudo y que tiene dos niños que necesitan de una madre. Por favor, dile
que yo estoy dispuesta a casarme con él”.
A lo que mi abuelo le contestó: “¡¿Acaso enloqueciste?!, ¿piensas
que a uno
de los más grandes alumnos del “Visionario de Lublin no le queda otra cosa
que casarse con la hija de un sastre?”. Pero mi madre acotó: “Nunca te pedí
nada. Es la primera vez que en la vida que lo hago. ¡Hazme el favor!”.
Entonces mi abuelo entró a visitar a mi padre, el Rabi Alexander de Komarna, y
casi sin fuerzas de pronunciar las palabras le dijo: “En realidad no sé cómo
decírselo estimado Rav. Estoy seguro que le causará gracia, pero debo hacerlo.
Yo tengo una hija, que ya tiene veinte años de edad, la cual sólo quiere
casarse con una personalidad respetable y estudiosa, con un justo, y más específicamente,
ella desea contraer matrimonio con usted”. A lo que mi padre -el Rabi de
Komarna- respondió: “yo no vine hasta aquí para impartir mi shiur, vine por
su hija, vi que era una pareja apropiada para mí y me casaré con ella”.
Ahora
el Rabi de Komarna vuelve al relato: “Transcurridos siete meses de embarazo quise salir.
Mi mamá llamó a mi padre y le dijo: Hazme un favor. Ve a la Sinagoga y recita
los Salmos. Mi padre llegó a la Sinagoga y dijo: “Señores, bendito sea D-s,
mi señora está por dar a luz”. A lo que ciertas personas murmuraron: “Qué
tonto. Piensa que el niño es de él”, y todos comenzaron a reír. Mi padre
retornó de la sinagoga muy avergonzado y no le quiso comentar a mi madre acerca
del desagradable episodio. Pero cuando mi mamá vio que mi padre había vuelto y
no se había acercado a ella lo comprendió todo.
“En ese mismo instante”, continúa
el Rav de Komarna, saqué mi cabecita a la luz del mundo. Mi madre puso su mano
sobre mi cabeza y dijo: ‘querido hijo te pido que no me avergüences’. De
pronto entré nuevamente. ¿Para qué quería salir al mundo? Porque quería
probar el cumplimiento de las mitzvot, pero ahora me podía quedar dos meses
adentro y cumplir con el precepto de respetar a los padres por dos meses
enteros, en todo momento. No saben con qué alegría volví a entrar al vientre
materno. Luego, transcurridos los dos meses salí nuevamente al mundo, ¡mazal
tov!.