El bebe que no avergonzo a sus padres

Gentileza de Tora Mitzion, Montevideo, Uruguay

  El Rabi de Komarna escribió acerca de sí mismo: “Luego de siete meses de encontrarme en el vientre materno pensé para mí: ¿qué hago aquí sentado sin hacer nada?; yo ya estoy sano y puedo salir”. Por consiguiente, decidí hacerlo.

Mi madre era hija de un simple sastre judío y, ¿con quién se casa la hija de un sastre? Pues, con otro sastre. Empero mi madre, que tenía una gran alma, le dijo a mi abuelo el sastre: es más cómodo para mí no casarme - tal como lo expresa la Gmará, “Es más cómodo para el hombre que no hubiera sido creado”- ,  antes que casarme con cualquiera. Yo deseo contraer matrimonio con un individuo reconocido y respetado e inmerso en el estudio de la Torá”. Esto causó risa en mi abuelo: ¿quién se casaría con la hija de un sastre?. “No tienes dinero, no tienes nada”, me dijo.  Pero mi madre, muy segura de lo que quería, dijo: “yo no me caso”. 

“Mientras tanto -continúa el Rabi de Komarna- mi madre tenía ya veinte años de edad. Y para la época, una muchacha de veinte años era como, para nuestra época, una anciana de ochenta y cinco; inclusive mi abuela se casó a los quince. Una muchacha de veinte años debía estar casada.

En cuanto a mi papá, él se casó y tuvo dos hijos, pero lamentablemente su esposa murió.  Cierta vez vino a dar una clase al pueblo en el que vivía mi madre. Mi padre dictó su shiur en Shabat y obviamente llegaron muchísimos  judíos a escucharlo, entre los cuales estaba mi madre. Luego de la comida del Shabat, ella le dijo a mi abuelo: “Hazme un favor, yo sé que el Rav es viudo y que tiene dos niños que necesitan de una madre. Por favor, dile que yo estoy dispuesta a casarme con él”.  A lo que mi abuelo le contestó: “¡¿Acaso enloqueciste?!, ¿piensas que a  uno de los más grandes alumnos del “Visionario de Lublin no le queda otra cosa que casarse con la hija de un sastre?”. Pero mi madre acotó: “Nunca te pedí nada. Es la primera vez que en la vida que lo hago. ¡Hazme el favor!”. Entonces mi abuelo entró a visitar a mi padre, el Rabi Alexander de Komarna, y casi sin fuerzas de pronunciar las palabras le dijo: “En realidad no sé cómo decírselo estimado Rav. Estoy seguro que le causará gracia, pero debo hacerlo. Yo tengo una hija, que ya tiene veinte años de edad, la cual sólo quiere casarse con una personalidad respetable y estudiosa, con un justo, y más específicamente, ella desea contraer matrimonio con usted”. A lo que mi padre -el Rabi de Komarna- respondió: “yo no vine hasta aquí para impartir mi shiur, vine por su hija, vi que era una pareja apropiada para mí y me casaré con ella”.

Ahora el Rabi de Komarna vuelve al relato: “Transcurridos siete meses de embarazo quise salir. Mi mamá llamó a mi padre y le dijo: Hazme un favor. Ve a la Sinagoga y recita los Salmos. Mi padre llegó a la Sinagoga y dijo: “Señores, bendito sea D-s, mi señora está por dar a luz”. A lo que ciertas personas murmuraron: “Qué tonto. Piensa que el niño es de él”, y todos comenzaron a reír. Mi padre retornó de la sinagoga muy avergonzado y no le quiso comentar a mi madre acerca del desagradable episodio. Pero cuando mi mamá vio que mi padre había vuelto y no se había acercado a ella lo comprendió todo.

“En ese mismo instante”, continúa el Rav de Komarna, saqué mi cabecita a la luz del mundo. Mi madre puso su mano sobre mi cabeza y dijo: ‘querido hijo te pido que no me avergüences’. De pronto entré nuevamente. ¿Para qué quería salir al mundo? Porque quería probar el cumplimiento de las mitzvot, pero ahora me podía quedar dos meses adentro y cumplir con el precepto de respetar a los padres por dos meses enteros, en todo momento. No saben con qué alegría volví a entrar al vientre materno. Luego, transcurridos los dos meses salí nuevamente al mundo, ¡mazal tov!.