6. AKIVA Y EL RABINISMO
Además del tema de la contribución judaica a la civilización occidental, otra cuestión subyacente a lo largo de estos capítulos es la de si existe una idiosincrasia de los hebreos, tal como plantea Raphael Patai en su libro La mentalidad judía (1976), en el que se recorren las confluencias culturales que protagonizó el pueblo de Israel y que dejaron huellas indelebles en su “mentalidad”.
Los seis grandes encuentros históricos que examina Patai son Canaán; el helenismo; el imperio árabe; el Renacimiento italiano; Europa Central, y Europa Occidental. Cada una de esas citas fue moldeando el temperamento nacional de los judíos.
Ampliando este esquema, ya hemos dicho que las primeras encrucijadas de los hebreos fueron con el hombre pagano: Babilonia, Ugarit, Canaán, Egipto, Grecia.
Tan rica, tan compleja y tan policromática ha sido la historia de Israel, que resulta difícil resumirla. Con todo, sigue un párrafo en el que intentamos sintetizar sus cuatro milenios en ocho períodos de más o menos quinientos años cada uno:
patriarcal, tribal, Primer Templo, Segundo Templo,
romano, árabe, cruzado-mameluco, e imperial.
Los cuatro primeros períodos constituyen los dos milenios de la historia del pueblo judío en la Tierra de Israel; los cuatro últimos coinciden con los dos milenios de Diáspora.
Se trata de un simple esquema, con propósito eminentemente didáctico. Su simplificación da por sentado que varios de esos períodos incluyen subperíodos distintivos. Así, durante el Segundo Templo se incluye la era seléucida; el período romano contiene al bizantino; el período árabe abarca tanto las Cruzadas como el Siglo de Oro Judeoespañol; en el período cruzado se incluye el mongol; y el imperial abarca la extensa era otomana, la fugaz napoleónica y la breve británica.
Lo notable es que después de esos cuatro mil años, la historia judía se ha reinaugurado en el siglo XX con la reconstrucción del hogar nacional judío independiente en la Tierra de Israel y con la Emancipación de los judíos en el mundo entero. Este proceso es único. Suena ajustada la vivaz ocurrencia del Premio Nobel de Física León Lederman: En el retorno del pueblo de Israel a su tierra después de dos mil años, hay algo pavoroso.
Sí, hay algo inquietante en este desenlace, pero que nos permite en retrospectiva iluminar mejor la vitalidad del Israel pretérito.
Aunque arraigado en el antiguo Cercano Oriente, y moldeado por las culturas que lo rodearon, el espíritu de Israel las trascendió y forjó un universo intelectual muy semejante al de Occidente hoy. Las diferencias que separan la mentalidad del hombre moderno de la de los antiguos israelitas, son menores que las que apartan a Israel de los pueblos con los que compartió su época y geografía.
Israel era una pequeña nación, de exigua importancia entre las potencias del antiguo Oriente. En rigor, su estudio no debería atraer la atención del hombre moderno más que el de los edumeos, amonitas, nabateos o moabitas, que coexistieron con ella. Pero había algo en lo que Israel se destacaba de sus vecinos y contemporáneos. En retrospectiva, podemos decir que su destino ha sido impar.
De la singularidad del profeta hebreo, hemos hablado en el segundo y en el cuarto capítulo. Una vez que la profecía hubo concluido, se produjo el otro encuentro primordial que tuvo esta nación en su peculiar devenir, en el que nos concentramos en nuestros capítulos tercero y quinto: la cita con el helenismo.
Ésta tuvo lugar mientras los judíos producían el material literario que formaría ulteriormente la tercera parte de la Biblia: la literatura sapiencial, típicamente influida por el helenismo.
Hasta aquí los encuentros que hemos visto hasta ahora. En este capítulo vamos a indagar una especie de introspección del judaísmo, una cita consigo mismo, una suerte de momento de consolidación interna. Se produjo durante el período talmúdico. Hemos hablado de la Biblia; ahora nos toca observar el Talmud. Ningún libro tiene una historia más larga como objeto de apasionadas controversias.
La época talmúdica se extiende por ocho siglos desde el período helenista hasta el fin de la Edad Antigua (300 a.e.c.-500 e.c.), poco antes del surgimiento del Islam.
Dijimos que la Biblia es el documento más temprano de la historia judía, ya que registra el nacimiento del pueblo hebreo y su paulatina transformación en un pequeño grupo étnico-religioso que ha dejado su impronta indeleble en las generaciones subsiguientes.
El Talmud es el segundo gran documento, que señala el período en que los israelitas incursionan en la civilización occidental y dan así lugar a una nueva cultura judía. En su etapa talmúdica, el judaísmo se modeló como religión universalista.
Para delimitar qué es el Talmud puede apelarse a una definición formal: se trata de un compendio de debates en torno de la ley oral judaica, que por siglos mantuvieron unos trescientos rabinos que vivieron hasta el comienzo de la Edad Media, tanto en Eretz Israel o Palestina como en Babilonia. Consta de sesenta y tres tratados que se extienden por unas cuatro mil páginas.
Esta definición es correcta desde lo formal, pero a todas luces, insuficiente. El Talmud es el receptáculo de la sabiduría judía, el cuerpo de la tradición oral, llamada así porque se mantuvo oral por siglos, hasta que precisamente en el Talmud se volcara al papel.
La Ley oral, que para el judaísmo es tan significativa como la Ley escrita de la Torá o Pentateuco, conforma un mosaico de normas y explicaciones, leyendas y alegorías, filosofía e historia. Es una singular combinación de lógica abstracta y casuística, de narrativa y ciencia, de anécdotas y humor.
Por esa gran variedad de contenido no resulta fácil definir el Talmud o caracterizarlo breve y concisamente, dificultad que se agrava por el hecho de que no hay obra que pueda comparársele en su género. No puede juzgárselo con los mismos criterios que se emplean para las demás obras literarias, debido a que el Talmud es obra de toda la nación judía, consumada a lo largo de un período de seis a diez siglos. Más que literatura, el Talmud es la vida entera del judaísmo vertida en una obra.
Durante casi el medio milenio que siguió a la destrucción de Jerusalén por los romanos, el pueblo judío se dedicó a la composición del Talmud, que fue el corolario de un trabajo ininterrumpido de ocho siglos desde el escriba Ezra (o Esdrás).
Pueden distinguirse en él dos partes; en rigor dos obras distintas aunque habitualmente se editan juntas: la Mishná y la Guemará. La Mishná es un extenso compendio de leyes escrito en hebreo. La Guemará (que en un sentido más limitado del término es conocida como “Talmud”) está escrita en el dialecto aramaico del hebreo, y abarca las discusiones rabínicas en torno de la Mishná.
Aunque una primera impresión acerca del Talmud podría ser que se trata de un texto ordenado y de aparente lógica, en el que cada palabra ha sido minuciosamente sopesada, llamará la atención descubrir que la ilación talmúdica resulta de la asociación libre de cientos de rabíes que expresan las más diversas ideas. En sus debates, que se ramifican en las desviaciones más inesperadas, recuerdan por momentos la técnica de la novelística moderna del fluir de la conciencia.
Su peculiar estilo y su prolongada elaboración en el tiempo, justifica cabalmente la vasta mezcolanza que reina en el Talmud. Se trata de una inmensa y desordenada enciclopedia, pletórica de ideas, en la que decenas de disciplinas se presentan asistemáticamente.
Al desarreglo con que las materias están distribuidas en la “enciclopedia”, se suma el hecho de que los centenares de autores pertenecen a distintas épocas, regiones geográficas, estratos sociales y formación intelectual, tienen distintos grados de autoridad, y sostienen a veces teorías muy dispares e incluso contradictorias, expuestas o bien una a continuación de la otra, o bien en páginas muy alejadas entre sí.
El Talmud corporiza la ley civil y canónica del pueblo judío, formando una especie de suplemento al Pentateuco, uno que para producirse abrevó en un milenio de la vida de una nación. No se reduce a un tratado legal, sino que convoca la imaginación, los sentimientos, y el sentido moral y de misión del judío.
Dispersas entre las leyes y su rigidez, vibran el romance, la parábola, la saga, la sabiduría de vida, los vericuetos del corazón humano. Cada versículo bíblico fue talmúdicamente exprimido para rescatar de él sus múltiples sentidos, sus perennes mensajes éticos, sus significados más imprevistos.
Normas judaicas básicas son el resultado de la explicación que el Talmud da a las leyes bíblicas. Así, por ejemplo, la exégesis de “No cocer el cabrito en la leche de su madre” devino en que no se deben mezclar productos cárneos con lácteos. La disposición de “Colocar entre los ojos” las leyes divinas, se resolvió con las filacterias o tefilín que se usan durante las plegarias matutinas.
Así también, el siempre mal interpretado “Ojo por ojo” devino en el Talmud en la obligación de compensar materialmente al damnificado. No es cierta la difundida distorsión de atribuir a la Biblia Hebrea la llamada ley del Talión. Ésta deriva del derecho romano, concretamente del Código de las Doce Tablas, el primer intento romano de crear un código legal, en el año 450 a.e.c.
La octava de las Tablas se refiere a delitos y su artículo segundo establece: Si membrum rupsit ni cum eo pacit, talio esto (de ahí proviene la palabra talión). Significa: si se ha mutilado un miembro (por parte del reo a la víctima) y no se avino con él, impóngasele (al reo) esta pena.
En fin, el Talmud es el libro que plasma las enseñanzas del rabinismo, la corriente que recogió el mensaje judío a partir de la ruina del Segundo Templo, paralelamente al profetismo que había enseñado la misión del judío desde el colapso del Primer Templo.
Una vez que fueron destruidos el Templo y el Estado judíos en el año 70, la nación hebrea, que permaneció físicamente en el territorio, fue reconstruida bajo liderazgo rabínico. Varios factores posibilitaron esa reconstrucción, tolerada por la política romana; el fundamental, fue que los judíos mantenían su orientación religiosa y la fe incólume en el Pacto que Dios había establecido con ellos. Por ello el rabinismo pudo conducirlos, ya que la sinagoga y la vida religiosa sirvieron de marco para ejercer ese liderazgo.
LOS TANAÍTAS Y AKIVA
Los primeros portadores de la Tradición Oral mencionados expresamente fueron tres: Shimon Hatzadik (el Justo), Hilel Hazakén (el Anciano), y Shimon Ben Shetaj, quienes vivieron en los siglos segundo y primero a.e.c. Ellos inauguran el período de los tanaítas, es decir los sabios que compusieron la Mishná, cuyas primeras generaciones se expresaron en dos escuelas de pensamiento talmúdico, Bet Hilel y Bet Shamai.
El fenómeno de la diversidad de pensamiento es revelador de la pluralidad de la vida judaica en la antigüedad, sobre todo por el hecho de que ambas escuelas fueron aceptadas por la tradición judía como legítimas. La diversidad era parte integrante de la tradición.
Las disputas entre Bet Hilel y Bet Shamai, que a veces fueron apasionadas, se extendieron por varias generaciones y abarcaron temas de halajá y de pensamiento, de ritual y de normas sociales.
Vale la pena dar un par de ejemplos y luego explicarlos. Cuando llega el Shabat, el judío pronuncia dos bendiciones frente a la copa de vino, el conocido kidúsh. Para Bet Shamai el orden de las dos debía ser primero la oración referida a la santidad del día y después la que menciona al vino. Para Bet Hilel, la secuencia era inversa.
Otra muestra de decisión divergente se refiere a uno de los cuatro “comienzos de año nuevo” judaicos, el llamado “año nuevo de los árboles”, que señalaba el momento desde el que se medía el crecimiento de un árbol, a los efectos de determinar cuándo podía usufructuarse. Ambas escuelas fijaron el mes hebreo de Shevat para la celebración, pero mientras para Bet Shamai correspondía fijar la fecha el primer día del mes, Bet Hilel optaba por mediados del mismo.
Si nos detenemos en estas normas, veremos que aunque pueden entenderse como meramente rituales, conllevan una actitud social. Bet Hilel representaba la perspectiva de los menos beneficiados económicamente. Para ellos, el vino era un lujo sabático, y por ende cabía hacer privar la bendición respectiva. Para ellos, los árboles podían demorarse hasta mediados de mes en frutecer debido a menor calidad de sus campos y sus métodos.
En estos casos, aspectos sociales inspiraban las controversias; en otros, no faltaban en ellas especulaciones filosóficas. Una pregunta que debatieron Bet Hilel y Bet Shamai, por ejemplo, fue si había valido la pena que el ser humano hubiera sido creado. Otra, si correspondía canonizar el libro de Kohélet (Eclesiastés) e incluirlo dentro de la Biblia Hebrea.
Finalmente, la escuela que prevaleció fue la de Hilel, la más flexible de las dos, y el Talmud, como dijimos, exhibe abiertamente su coexistencia. La dos escuelas rabínicas que estuvieron en consistente desacuerdo acerca de la aplicación de la ley, pervivieron ambas.
Al respecto, leemos en el tratado Eruvín (13b): “Durante tres años disintieron la Escuela de Shamai y la Escuela de Hilel... Irrumpió una voz celestial que sentenció: Ambas opiniones son la expresión de un Dios viviente”. Vemos hasta aquí la aprobación de la divergencia; pero el Talmud va más allá y se pregunta: Si ambas escuelas de pensamiento eran aceptables para Dios, ¿por qué motivo Bet Hilel tuvo el privilegio de que la Halajá (la ley religiosa) se fijara de acuerdo con sus postulados?
La respuesta talmúdica es una notable alabanza del pluralismo: “porque eran amables y humildes, y explicaban también la opinión del adversario”.
En ese contexto de diferencias de criterio que necesariamente agilizaban la mente para la argumentación, descolló durante la tercera generación de tanaítas un rabino de trascendental influencia en el judaísmo, Rabí Akiva Ben Iosef (50-135), quien llevó a cabo la organización sistemática de la totalidad de la Halajá en categorías.
Akiva fue una personalidad romántica que eclipsó a sus coetáneos. Nació en el seno de una familia humilde, y se le atribuye a alguno de sus antecesores estar vinculado a la casa imperial romana.
Era un piadoso e iletrado pastor, y decidió a edad tardía dedicarse plenamente al estudio. Se casó con Raquel, cuyo padre, el acaudalado Calva-Shavua, no brindó su beneplácito, y por ende la joven pareja vivió en condiciones precarias, pero no descuidó los estudios de Akiva, bajo la guía de sabios de Yavne, los rabíes Joshua y Eliézer.
Akiva fue el autor de varias máximas que siguen citándose con frecuencia, entre las cuales se destaca que “la ley máxima de la Torá es amar al prójimo”. Viajó mucho por el mundo judío, desde Egipto a Babilonia, pasando por el norte de Africa y Galia. El aspecto político tampoco fue ajeno a su rica biografía. Cuando estalló la rebelión de Bar-Kojba contra Roma (132), a diferencia de la mayoría de los sabios de la época, Akiva le dio su entusiasta apoyo.
Más aun, instó a sus miles de discípulos a participar de la rebelión, y llegó al extremo de proclamar que el líder de la misma era el mesías de Israel. Tal vez fue el mismo Akiva quien le dio el nombre de lucha al líder rebelde (Bar-Kojba significa “hijo de una estrella” y recuerda el versículo: “De Jacob avanza una estrella”, Números 24:17).
A las legiones romanas no les fue sencillo sofocar la rebelión. La despiadada lucha que asoló a Judea fue de “tierra devastada” y las víctimas de la represión se recuerdan en cientos de miles. Una vez que los romanos aplastaron la revuelta, el emperador Adriano promulgó una serie de decretos represivos, incluida la prohibición de estudiar la Torá. Akiva continuó enseñando públicamente y, advertido del peligro, respondió con otra conocida parábola: “El zorro vio como los peces escapaban de las redes en el agua y les propuso que fueran a vivir sobre tierra firme. Ellos respondieron: Vivimos con temor en el agua, que es nuestro medio natural. Mucho más temeremos en tierra firme, donde hallaremos la muerte”. El estudio de la Torá era “el medio natural, el agua” irrenunciable del pueblo judío.
Cuando cayó preso de las autoridades romanas, Akiva ya había conseguido formar un grupo de discípulos jóvenes que se convirtieron en los líderes de la generación siguiente: los rabíes Meir, Yehuda, Iosi, Eleazar, y Shimon Bar Iojai.
Padeció el martirio después de haber sido torturado, y expiró con la oración Shemá Israel en los labios. Se le atribuye, además haber sentado las bases para el método de la halajá, y haber sido pionero en el misticismo judío. Akiva y su multifacética vida encarnan la tradición rabínica.